VERANOS PENONOMEÑOS

Rio Zarati

Paraje del Rio Zarati

La rama del árbol que colgaba sobre el rio Zaratí no era muy gruesa y se estremecía bajo el peso excesivo de adolescentes posados sobre ella. Subíamos al árbol, esperábamos brevemente para lanzarnos al agua, nos tirábamos, y al rato volvíamos a repetir la misma maniobra una y otra vez, hasta que…. Ese día una de las amigas estaba petrificada. Todos le gritábamos “tírate Marieta, tírate”, mientras ella asustada se aferraba a la rama. En aquel bullicio y desorden, eentre risotadas y gritos, la rama se vino abajo y todos caímos al agua. Milagrosamente a nadie le paso nada.

Al día siguiente de terminar el año escolar íbamos camino a Penonomé. Y así mismo, el día antes que comenzaran las clases tomábamos rumbo hacia la ciudad de Panamá. Entre estas fechas estaba terminantemente prohibido regresar a la ciudad, cosa que nunca nos importó hasta que comenzaron las fiestas de quince años, muchas de las cuales nos perdimos.

El viaje en si era una aventura. La chofer del clan Scott-Pezet era Eleonora Luisa -, Nora – nuestra mamá. En el carro íbamos ella, Lupita, Pito, yo, y seguramente alguien más. La primera parada era en Chorrera, donde por años comíamos “raspao” en un kiosco ubicado en la vía principal. Chorrera siempre fue famosa por el chicheme, pero nosotros parábamos por los raspaos. Dicen las primas que ellas paraban en Capira a comer los famosos pastelitos ¿serían en esa época – como hoy – los de Yeyo? La segunda parada era en un remanso a orillas de la carretera interamericana, después del área ahora conocida como Coronado – que entonces no existía – a mano derecha, en un pedazo aun asfaltado de la carretera vieja. Allí parábamos para almorzar quizá un emparedado, acompañado por alguna fruta de la época – podría ser marañón, mango, mamón, que cogíamos directamente de los árboles. Cuando paso por allí siempre miro hacia ese lugar que ahora está cercado, y me parece vernos. De esa parada seguíamos directamente a Penonomé.

Antes del 52 la casa frente al parque ubicada en la esquina con la calle Damián Carles era una casona enorme de quincha y tejas. Las paredes de quincha tenían casi un metro de ancho. La casa original existía en 1792. Según el historiador Gaspar Rosas allí habían nacido los hermanos Miró Rubini quienes luego fueron a batallar en las guerras de Bolívar. Tenía tres cuartos enormes, de los cuales por lo menos dos eran para dormir. Estaban llenos de catres de los grandes que usaban una lona muy pesada. La cocina estaba en el patio. La cocinera era Facha, una viejita muy querida que trabajó eternamente con los Herrera-Hernández. Facha típicamente mantenía un tabaco encendido que metía dentro de su boca. No puedo olvidar que la hija de Facha murió en su casa fulminada por un rayo y que Facha quedó responsable de los dos nietos varones. Un nieto era Félix Guilbaud con quien tuve amistad toda la vida. Félix se acordaba de todas nosotras por nombre a través de los años, siempre preguntaba con cariño por Filita, por Motita, Lupita. No recuerdo mucho de esa casa excepto las tres divisiones, los techos altísimos y dormir en unos catres muy grandes en los cuales cabían varios niños. ¿Cómo subíamos y como bajábamos de los catres? Estoy segura que en algún momento alguien se cayó. Esa casona pertenecía a mi bisabuelo Ángel María Herrera, y estuvo en pie hasta que una profesora la destrozó cuando chocó su carro contra un horcón en el portal justo en el lugar donde tenía que venirse abajo aquel techo. Debe ser el mismo efecto que ocurre en el juego de billar cuando le pegas a una bola en un lugar específico para que las otras bolas vayan a un lugar exacto. Después de ese accidente, las paredes históricas de quincha fueron derrumbadas en su totalidad y allí se construyó otra casa que aun conservamos con ciertas remodelaciones y la cual nos evoca muchos recuerdos.

Accidente casa AMH Penonome 1951

Casa colonial de Angel Ma Herrera en 1950 despues que la chocó una profesora

La casa reconstruida tenía cuatro habitaciones – una la ocupaba mi abuela Magdalena Rosa y con ella acostumbraba dormir tía Lesbia. En las otras recámaras dormían los Scott-Pezet, los Chandeck-Pezet y Dicky y Moty en la cuarta. Había un solo baño en esa área, y para llegar a él tenías que pasar por las otras recámaras. En otras palabras, no había privacidad de ninguna clase. Por una vez le damos toda la razón al gringo Scott a quien nunca le entusiasmó ese hospedaje. Aun conservamos las camas de metal que salieron de alguna venduta de las que hacia el ejército norteamericano. Los únicos que no venían con tanta frecuencia eran las Pezet-Zapata porque tía Etna con justa razón, pasaba más tiempo en su pueblo natal y su familia en Lajas, Chiriquí.

parque a hacia casa

La casa de Penonome reconstruida

Después del mediodía jugábamos en el parque de Penonomé, frente a la hoy Catedral. Entonces éramos niños menores de doce años, Pito siempre con nosotros. En eso salía de la iglesia Rosita Quirós de Martin, familia nuestra por los Pezet, y al vernos corriendo, gritando, mientras caminaba se lamentaba en alta voz sobre nuestra conducta y la vestimenta que seguramente eran pantalones cortos y decía “qué diría Ángel María si viera a sus nietos casi desnudos, corriendo y gritando en el parque, qué diría”. Me parece verla, vestida con su acostumbrado traje de fondo blanco con pintitas negras.

Parque Penonome gazebo

Parque 8 de diciembre de Penonomé

Todos los días nadábamos en Las Mendozas del Rio Zaratí. Después del desayuno, acompañados de algunos de nuestros “viejos”, la juventud de la casa y vecinos que aprovechaban el paseo, íbamos caminando, algo que no tomaba ni media hora. Un día regresaba caminando descalza porque algún gracioso me había escondido los zapatos. Yo no tenía ni quince años. En eso se detuvo un pickup equivalente a lo que sería entonces el Ministerio de Agricultura que era conducido por un joven a quien yo no conocía, pero que viendo mi cara de penurias, cortésmente me ofreció un “bote” al pueblo. De ese “bote” nació una amistad eterna con Rodrigo Tarté.

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El Guacamaya visto desde Cerro Gordo
(la autora con miembros de la comunidad para establecer un mirador)

Con mucha frecuencia subíamos los cerros; el más fácil era el de La Cruz, ubicado muy cerca al pueblo en las afueras de Penonomé y al cual nos podíamos desplazar desde el pueblo caminando. Mucho más difícil era el Guacamaya pero también lo subimos varias veces. Mi mamá Eleonora era la líder y tenemos fotos que evidencian a los aventureros con quienes compartimos aquellas subidas. En una ocasión cuando bajamos del cerro, Eleonora se tomó – del calor y la deshidratación que tendría – y ante la mirada espantada de la muchachada y del campesino que nos vendía las pipas, el agua de SIETE PIPAS.

1958 Guacamaya Con Mamaco, Norita, Maruja, Lupita, Moty, Axel Malowan

Los exploradores del Guacamaya (marzo 1958)

Los papás organizaban muchos paseos, especialmente los esposos Mario y Julie Guardia y mi mamá. ¡Cómo gozábamos la muchachada! Una vez hicimos la travesía desde La Pintada hasta el Copé, cuando si acaso lo que había era una trocha. Recuerdo que íbamos amontonados en un pickup de esos que tienen como una jaula de hierro en la parte de atrás, y algunos otros nos acompañaban a caballo.

Lucho Azcárraga venía a Penonomé a pasarse unos días con los papás de mi compañera de colegio Machi De Souza. Lucho traía su órgano de música y lo instalaba en el portal de la casa que alquilaban los De Souza, no lejos de la de Chofi y Maruja Tejeira. Cuando Lucho comenzaba a tocar todo el vecindario venía a visitar, a cantar y a bailar. Nosotros los chiquillos y adolescentes cómo gozábamos.

Un suceso triste fue el que ocurrió el día que Pito casi se ahoga regresando al pueblo llevando de la cuerda a la perrita CHUKI, de mi prima Moty. Parece que uno de los dos, Pito o Chuki, perdió el balance cuando cruzaban los barriles colocados sobre una quebrada de aguas negras. Cuando no vimos a Pito en el grupo que regresaba caminando al pueblo, levantamos voz de alarma y fuimos a buscarlo por doquier. Nos dijo Merito Carles que el vio a Pito caminando hacia la quebrada. Luis Guillermo Paniza, primo de Alfonso Jaén, vio un pedazo de camisa blanca que flotaba en esas inmundas aguas y sin pensarlo se lanzó y lo sacó. Tratamos de darle respiración artificial allí mismo y no creo que nos fue bien. Pero de algún lado salió un carro que lo llevó enseguida al hospital Aquilino Tejeira Pezet, y después de no sé cuántas horas, y de un tratamiento y atención propia de reyes, Pito abrió los ojos y viendo a mi mamá dijo sus primeras palabras: “TENO HAMBRE”. ¡Qué alegría! Con esas palabras se abrieron las puertas del cielo y sonreían todos los ángeles. Por supuesto que después de una intoxicación con aguas negras había que alimentarlo con una dieta muy estricta. Y creíamos que así se hacía hasta que una enfermera, que seguramente sucumbió bajo la insistencia de Pito, le dio algo de comer que no era lo apropiado y el hombre casi se nos va de verdad. ¡Qué corredera!

En esos días las noticias del pueblo se recibían a través de la vocería de Luisa Pirón, una señora de temperamento especial, querida por todos, que gritaba en las calles cualquier acontecimiento. Esta vez la noticia era que Pito casi se había ahogado. Y gritaba: “casi se ahoga el hijo de la profesora Eleonora Pezet…porque lo dejó solo…porque esas mamás de hoy en día andan por un lado y los hijos por otro…” En fin, así decía las cosas Luisa. El final feliz es que después de ese horrible incidente donde Chuki se ahogó y Moty no dejaba de llorarlo, pero donde Pito se salvó y todos nos regocijamos, mi mamá le enseñó a nadar a Pito y lo convirtió en campeón de las Olimpíadas Especiales.

Nadar a Las Tres Peñas era parte de la rutina diaria. Mi mamá iba adelante, seguida por unos treinta muchachos, incluyendo a Pito. En el agua íbamos atentos y asustados porque hablaban de que en esas aguas habitaba el lagarto Serafín. Yo nunca lo vi, pero dice mi prima Maley que ella si lo vio….HUMMMMM. Al llegar a Las Tres Peñas, subíamos la roca y nos zambullíamos como expertos desde las alturas. Nunca le pasó nada a nadie. No saben Uds. cuántos jóvenes aún se acuerdan de las nadadas a Las Tres Peñas y del famoso Serafín.

No ir al rio era el peor castigo, y qué tristeza sentíamos el Viernes Santo, porque decían que si te bañabas en el rio te convertías en pescado. Siempre recordaré lo que nos contaba Eleonora de aquel Viernes Santo cuando durante los veranos que pasaban en casa del abuelo Ángel María Herrera y estaba de visita la tía Isabel Herrera Obaldía. Isabelita era una educadora reconocida a nivel nacional, una señora recta y seria. Tal vez también era la sobrina favorita de Ángel María. Cuando Isabelita vio tanta cara triste entre la muchachada les preguntó qué les pasaba. Nora le dijo que no podrían ir al rio porque era Viernes Santo. Así pues, Isabelita le dijo al intachable tío que había algo que ella quería hacer ese día. Al indagar qué era eso ella le contestó “quiero ir al rio y que me acompañe la muchachada”. Ángel Maria no la contradijo a pesar que sabía perfectamente que a Isabelita no le interesaban los baños de rio. Dicho y hecho, se fueron todos felicísimos y cómo seria de significativo el evento, que nos repitieron ese cuento una y otra vez. Creemos que ir a Las Mendozas en Viernes Santo, por lo de estar prohibido, era un reto y había que probar la fruta prohibida. Recordamos haber ido a Las Mendozas a bañarnos unos dos Viernes Santos en la noche, siempre teniendo en mente que nos podíamos convertir en pescado. Ese reto, eso era lo que más nos atraía para ir a Las Mendozas en Viernes Santo.

Las tardes quedaban libres después de los baños mañaneros y había que inventar cosas que hacer. Qué suerte tuvimos en aquellos días que no existían las computadoras, el cable, los teléfonos inteligentes – porque nos hubiéramos perdido de tantas cosas inventadas por nosotros, en vez de ser los espectadores de una película que pasa ante nuestros ojos. Recuerden que lo dijo Albert Einstein: “Temo que el día que la tecnología sobrepase nuestra interacción humana, el mundo va a tener una generación de idiotas.”
Producto del ocio había visitas al Murcielaguero, un paraje del rio Zaratí en el camino hacia Las Delicias a la altura del puente Baily que aún existe. En la cueva había muchos murciélagos y mucho olor a guano. Tal vez íbamos con la excusa de buscar guano para el abono de las plantas del jardín de doña Magdalena. Tal vez nos atraía la leyenda que dice que en las aguas profundas del Zaratí, en ese punto, estaban enterradas unas campanas y unos tesoros de oro, o que allí había perdido la vida la Princesa Zaratí. No sé cuál de las tantas leyendas era la que aplicaba, pero creo que más que bañarnos allí (gracias a Dios nunca se nos ocurrió lanzarnos desde el puente) lo que nos gustaba era entrar a la cueva, agarrar a los murciélagos con las alas extendidas y mostrar nuestra destreza poniéndolos a FUMAR con un cigarrillo encendido. ¡Aspiraban con mucha ansiedad, prácticamente para asfixiarse! Por supuesto que había chiquillos que no se atrevían a acercarse a la cueva y menos entrar. Reconozco con mucho orgullo que yo era una de las valientes. Mi prima Maribel Cecilia confiesa que “ahora de vieja le tengo pánico a los murciélagos”.

Las amistades en Penonomé eran los que veraneábamos de la ciudad y de penonomeños. Conformábamos varias galladas que iban más o menos con la edad. Lupita, Gisela y Moty, a quienes yo les llevaba más de un año, pero ni tantos más, tenían su gallada. Recuerdo cuando uno de sus “amigos-novios” les regaló un lagartito al cual le pusieron un collar y una soga y lo paseaban por el parque. En esta época yo hubiera llamado a la Sociedad Protectora de Animales. No recuerdo a qué gallada pertenecía Maley, la menor de las primas – lo más seguro es que se colaba en la de la hermana Gisela ya que Lupe, prima mayor por algunos años, siempre le decía “mantequilla” y la misma Maley dice que ella era la sombra de Gisela, Motuch (Moty García) y Marisela Guadalupe.

En mi gallada hubo por lo menos cuarenta personas, entre ellos yo contaba con varios admiradores a quienes no les hacía ni pizca de caso. Una noche organizamos un sancocho en la casa de Dianita Guardia. Llegó un campesino y le dijo a su padre don Mario, que nosotros le habíamos robado unas gallinas y él quería que se las pagaran. Don Mario nos llamó a todos, recuerdo que nos paramos en un semi circulo, y él dijo al campesino, que ni sus hijos y los amigos de sus hijos serían capaces de semejante barbaridad. Por supuesto que unos de la gallada se habían robado las gallinas, porque decían que sancocho con gallina robada sabía mejor. Al recibir su paga, el campesino se retiró. Entonces Don Mario nos dio la insultada del siglo y la regañada que nos merecíamos todos, y terminamos prometiendo que no lo haríamos más.

Otra actividad nocturna podrían ser visitas al cementerio. Yo nunca fui, pero me han dicho que las instigadoras eran mi prima Motush y mi hermana Marisela Guadalupe que querían ver ánimas del purgatorio. Una de esas noches de verano toda esa gallada de niñas fue al cementerio. Luego que los varones comandados por el primo Dicky les dijeron que esa era la noche cuando saldrían las ánimas. Ellos dijeron que iban al cine. Ellas quedaron picadas y decidieron ir de su cuenta. Los varones se escondieron entre las tumbas y llevaban sábanas. Cuando ellas estaban adentro echando cuentos y de seguro muertas de miedo, salieron los tres fantasmas cubiertos por las sábanas blancas. Cuenta Dicky que una de ellas estaba tan asustada que se saltó el muro del cementerio. La abuela Magdalena se moría de la vergüenza y estaba disgustadísima cuando se enteró que “las nietas de Doña Magdalena estaban relajeando en el cementerio”. No sé si hubo castigo o no, pero no volvieron al relajo del cementerio.

Aprendí a manejar automóvil en Penonomé. Ni idea quien me enseñó aunque Dicky dice que él nos enseñó a todas. Yo manejaba sin permiso legal, y sólo tendría unos quince años. Un día andábamos por los predios del Colegio Ángel María Herrera ubicado al otro lado de la interamericana manejando un carro descapotable, ni idea de quien sería. Iba repleto de jóvenes como yo. Íbamos como “sardina en lata”. Allá en el colegio un policía me pidió la licencia. Como no la tenía, nos llevaron a todos para la policía de Penonomé. Allí llamaron al tío don Arcadio Aguilera Ocaña – vecino de nuestra casa y Magistrado de la Corte. Por la amistad entre las dos familias, nos considerábamos familia. El tío Arcadio nos conocía a todos. Logró que nos soltaran, con la palabra y la promesa que no volveríamos a infringir la ley. Dicho y hecho ya que al poco tiempo, por lo menos a mí me dieron un permiso para manejar, que me valió hasta que cumplí los diez y ocho. ¡Qué tiempos aquellos!

En conclusión les puedo decir que entre los primos estamos de acuerdo en una cosa: además de ser el tesoro de nuestras memorias, esos veranos fueron responsables en gran parte del carácter fuerte y valiente que forjamos los herederos de Doña Magdalena.

Atesoro los recuerdos de los veranos Penonomeños

I Love Penonome

Septiembre de 2013. Autoría de Norita Scott-Pezet con la colaboración y la memoria histórica de las primas Gisela Isabel y Maribel Cecilia Chandeck y del primo mayor, Dicky Garcia Pezet. Dice Maley: “Lcda. Pezet….me encantó leer lo que escribiste. De veras que me parecía estar ahí gozando de tantas aventuras que en mi vida de adulta me han ayudado mucho a fortalecer mi persona”.
P.D. Invito a los miembros de las galladas, si se atreven, que me envíen sus nombres para incluirlos publicarlos en este escrito.

15 comentarios en “VERANOS PENONOMEÑOS”

  1. Pochi Says:

    Tía Norita, tremendo escrito. Lo comparto con Belén y Ana Belén. Cuántos recuerdos, que buenos tiempos. La verdad es que Penonomé rules! Atrevido yo, pero sugiero seguir con los paseos (aunque sean anuales) a La Peregüeta

  2. Ema L. de Alvarado Says:

    Hola Norita y quienes puedan leer estos comentarios:

    Aunque no fui parte de la “gallada”, aún cercana a sus edades, conozco a varios de sus integrantes, personas muy apreciadas y queridas, si que he disfrutado de este relato familiar

    Aunque de raíces penonomeñas no tuve la dicha de haber pasado muchos veranos en Penonomé, solamente iba de paso, hasta mi adolescencia y eso fue gracias a invitación de la querida Tía Ana María Jaén; pues mi destino de muchas vacaciones era otra ciudad, Colón, donde pasé muchos inolvidables momentos con mis tios Manuel Samaniego y Evelia Fernández Guardia de Samaniego y mis primos Eric y Lita. Allí también me encontraba con otros primos como Herby Guardia, Teresita Quirós, Ida Fernándaez, Maty Jaén, Miriam Gordon, Guelda. Algunos ya no están con nosotros y asi también hice nuevas amistades, que aún conservo.

    En esa visita a Penomomé me hospedé en la casa del Tio Tin y los días que allí estuve siempre los conservaré dentro de mis gratas rmemorias. Recuerdo que Mati Jaén y también estaban allí en esa ocasión, Lio y Simón.

    Por supuesto también conservo memorias de “aventuras” que mi mamá, Rosina (China) Fernández Guardia de Levy me contaba de “sucesos” que le ocurrieron a ella y a sus hermanos durante su infancia y adolescencia en Penonomé y otros lugares cercanos.

    La casa que pertenecía nuestra abuela Rosina Guardia de Fernández, primera esposa de nuestro abuelo Ezequiel Fernández Jaén; ella murió muy joven dejando una descendencia de siete hijos los Fernández Guardia; bueno volviendo a la casa ; estuvo ocupada por su hermana Débora y su familia los Solé-Jaén por muchos años, quedaba en frente de la de tu familia Norita, años después fue adquirida por la Guardia Nacional para ampliar sus instalaciones.
    Recuerdo la gran huerta en la parte de atrás, y de allí el camino hacia La Pintada, un pequeño monumento que recordada un punto equidistante de este Continente con el resto del mismo. No se si ahora será el obelisco que se ve en una foto donde comentas sobre Arte en el Parque.

    Hasta esa casa tenía su “historia” de la imaginación asumo que de uno de sus dueños, lástima que ya no esté presente ninguno de ellos, de una máquina de coser que se escuchaba trabajar por las noches.
    Bueno creo que con el entusiasmo me he extendido un poco más de la cuenta.

    Saludos,

    • norita2011 Says:

      Querida Ema, lo maravilloso de todo esto, es que cada uno aporta su granito de arena, con sus recuerdos y sus conocimientos, a nuestra historia. Gracias por compartir con nosotros lo tuyo. Seguiremos….Esta bien que te entusiasmes, eso es buenísimo para el corazón. Norita


  3. Norita: Recordar es vivir y nos llena tanto de gozo y agradecimiento el revivir los años pasados llenos de buenos recuerdos compartidos con nuestros antepasados que nos legaron respeto, amor y valores y tenemos que transmitirlos a nuestros descendientes como una herencia en vida . Cariños, Elena

  4. Patricia Arango R. Says:

    Hola Norita, me interné en tus aventuras, recordando gozosa las mías, muy parecidas; en las montañas hay similiitud. Muy buen estilo para ordenar recuerdos, lo disfruté en una sentada. A mi el permiso de conducir provisional no me duró tanto. Felicidades.

  5. Cecilia de Salvador Says:

    Querida Norita. Siempre tan atinada en todo lo que escribes. Porque no escribes otro libro? Tus recuerdos me trajeron recuerdos, algunas de esas historias las escuche de mi amiga queridísima Moty que en ocasiones algo se las recordaba y me contaba sus aventuras de juventud, sobre todo de su perrita.
    Un abrazo,
    Cecilia de Salvador

  6. Isabel Arosemena de Arango Says:

    Querida prima Norita: usted si era corrinchosa en todas tus facetas y tremenda…jajaja, que bueno que hayas disfrutado mucho tu adolescencia, en tiempos sanos y de mucha amistad y que recuerdes tantos detalles ( bueno aunque te hayan ayudado), haces la descripción de las vivencias vividas. Qué bonitos recuerdos has plasmado en estos escritos. te felicito. Un abrazo, Isabel

  7. Norma Tejeira Says:

    Querida Norita!!
    Mucho me he deleitado con tan auténtica narración. Ten pintas tal cual, con un estilo inigualable.
    Muchos hemos disfrutado ese querido pueblo que ya no es ni sombra de lo que fue. Como bien dices la tecnología ha impedido que nuestra juventud lo disfrute en éste siglo. Pero bueno a Dios gracias nosotros sí!! Un abrazo y Felicitaciones. Momy

  8. Anayansi Lord Says:

    Norita, como he disfrutado leyendo tu relato sobre tus recuerdos de los veranos en nuestro querido Penonome. Siempre que tengo la oportunidad de juntarme con mis amigas de la ninez y adolescencia gozamos rememorando esas lindas experiencias vividas en esos dias. Todo era tan sano. Las chocolatadas, guitarradas, paseos, etc. Cuando vaya en enero Dios primero conversaremos mas sobre este tema. Felicitaciones. Carinos, Anayansi.

  9. Marifeli Domínguez S. Says:

    Norita, qué buena lectura; gracias…es un documento para la investgiación de la vida cotidiana del Penonomé de ayer…un abrazo, amiga

  10. Victor Carles Q. Says:

    No hay duda que este es el Penonomé que forjó a tantos hombres y mujeres de bien: familia, amistad e imaginación.

    Nos toca hoy a la juventud valorar aquellos gratos recuerdos a través de la memoria de nuestros padres, abuelos y tíos para tan siquiera imaginarnos la vida de aquel entonces.

    Para quienes somos afortunados tenemos aun con nosotros a personas como mi abuelo, Heraclio Quirós (de generación anterior a la escritora), quien no duda un instante en traer todas estas historias y aventuras que enseñan, educan y nos hacen pensar en todo lo que hoy en día nos perdemos por culpa de un desarrollo tecnológico que, aunque útil en muchos rubros, ha limitado poco a poco la interacción con nuestras familias, amigos y por supuesto con la naturaleza.

    Gracias por compartir con nosotros tan bellos recuerdos de lo que fue nuestro Penonomé.

  11. Viedma Luzcando Says:

    Apreciada Norita. Me alegro mucho de haber leído parte de la historia penonomeña a través de tu narrativa jovial, de un estilo díafano y entusiasta. Todos los lugares mencionados me son muy familiares, a través de mi madre Chtia Vásquez Araúz de Luzcando los conocí. Las idas a las Mendozas caminando. Nos enseñó a nadar a mi y a cada uno de mis hermanos: Gustavo, Jim, Pibe y Chiquitin. También en Sonadora, en la Piedra Amarrilla, llegaba con su “pila” de ropa y lavaba, mientras nosotros nos divertíamos en pequeñas lagunitas de agua cristalina, debajo de frondosos árboles. Por allá disfrutábamos el cariño de la tía Sixta Vásquez de Gordón, hermana de mi bisabuelo Felipe Vásquez y de la Ñopa Vásquez. Del tío Pedrito Gordón y demás familiares.
    Mi “gallada” era otra, pero también nos encantó subir cerros (Cerro de los Pavos) en noches de Semana Santa. Siempre admiré el Cerro Guacamaya, a quien Martina Andrión le cantara, inmortalizando la canción: Guacamaya, como el himno penonomeño. Recuerdo los chistes de Camilo Araúz, en la Estatua de Simón Bolívar, Parque 8 de diciembre, cuando aún la procesión de Viernes Santo estaba en la calle. Dábamos muchas vueltas al Parque, con Teresita, Mayi, Delia, Carlota, Miriam, Momi (nuestra “mantequilla), Claudia y otras amigas (os) y parientas (es), para encontrarnos de frente con los chicos que le agradaban a alguna del grupo. Se hacen muchas “diabluras” de jóvenes, que son los tesoros que hoy alimentan nuestros recuerdos. Frente a la casa de Papoba y Mamaguille, jugámos la pájara pinta, mirón mirón…, la lleva, rayuela, uno dos tres queso, la lata y otros juegos interactivos que hoy la tecnología los ha dejado en el recuerdo. Gracias por tu bello relato, me gustó escuchar nombres ilustres de la ciudad penonomeña: Ángel María Herrera (tu bisabuelo), Isabel Herrera, Gaspar Rosas. El origen histórico de tu casa y de la que hoy es la Policía Nacional. Me he ilustrado al respecto. Hoy frente a ella, el parque han construido el monumento que señala que Penonmé es el Centro Geográfico de Panamá; y agrego: el corazón donde late el mundo. Chita, en su poema escribe “Penonomé es mi pueblo natal, de regia y bella naturaleza. Es el paraíso terrenal donde Dios puso toda su gandeza.”.
    Nos encantaba Pito, siempre tan cariñoso, Tu gran madre también, fue un gusto conocerles. Recuerdo también algunos de los personajes que mencionas; la legendaria Luisa Pirón y sus también críticas a la estatua de la madre con un seno descubierto. Y, no olvidemos a “Perico” pidiendo comida y “asustando”…
    Los veranos penonomeños, también para mi serán memorables. Hoy, feliz, regreso a las raíces de la madre patria y disfruto de una ciudad que progresa y que cuenta con adelantos modernos. Me dice mi hija Mariesther, “vaya, tienen un Mc Donald´s, ya son del primer mundo”. La juventud y sus gustos gastronómicos. Sigo prefiriendo el sancocho de gallina, las chocolatadas debajo de la luna en el patio de Margarita Lombardo de Henríquez y en el Coco, en casa de la tía Juanita. Personas como tú nos motivan, gracias por escribir. Viedma Esther Luzcando Vásquez.

    • Norma Tejeira Says:

      Me encantò tambièn tu relato Viedma, bastante que nos divertimos con las chocolatadas, con las ocurrencias de Camilo y de Tuti Zuñiga, còmo olvidar esas largas plàticas frente a la estatua del busto de Valdès frente a la casa de nuestros abuelos Papoba y Mamaguille. Recuerdo que Papopa cuando se daba cuenta y nos veìa, se disgustaba muchisimo escuchando nuestras algarabìas a lo que inmedatamente le ponìa las quejas a nuestros papàs. Tambièn esos paseos a Sonadora con tu bella madre y toda la parentela. Excelentes anfitriones. Gracias por haber hecho ese maravilloso recuento, que me trae hermosos recuerdos. Momy

    • norita2011 Says:

      Estimada Viedma, gracias por tus palabras porque con ellas aprendo mas sobre nuestra historia penonomeña y además, son fuente de inspiración para que yo siga escribiendo. Norita

      • Viedma Luzcando Says:

        Hacemos patria Norita, Momi, grandes personas, con gran humanismo y flores nativas penonomeñas. Un abrazo.


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