Llegaron Los Cachacos (Recuerdos de la Guerra Civil de los Mil Días)

Este recuento lo publico en mi blog Inspiraciones Coclesanas con el debido permiso de mi amigo Alfonso Jaen Conte, nieto del autor.

Llegaron Los Cachacos
(Recuerdos de la Guerra Civil de los Mil Días)

Laurencio Conte Jaen
Panamá, Enero de 1978.

DEDICATORIA

Este librito, Llegaron Los Cachacos, se lo dedico a Leticia, mi esposa, que escribió con interés la narración que yo Ie hacía, de los episodios de la Guerra de los Mil Días y, ella terminaba por recomendarme que los publicara en un libro, porque sería un valioso aporte a la historia.

No necesitas auxiliarte de viejos papeles porque están impresos en tu memoria puesto que los palpaste con tus propios ojos.
Cristalizada tu petición, dejo en tus manos un ejemplar de Llegaron Los Cachacos.

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Laurencio Conte Jaen (1891) nació en San Juan Bautista de Penonomé, realizó sus estudios en el Colegio de Comercio e Idiomas)) en la Escuela de Artes y Oficios. Dedicó largos años de su vida a la educación, ocupando posteriormente diversos cargos públicos, como Juez Nocturno de Policía y Administrador del Hospital Santo Tomas.

Periodista por afición, ha publicado cuentos y crónicas de carácter costumbrista por largos años en la prensa nacional.

En el año de 1957 publicó “LA VOZ DE LA CAMPIÑA” que recoge valiosa información de la Guerra de los Mil Días. La obra fue recomendada por el Ministerio de Educación como material complementario de lectura para la escuela secundaria, en los cursos de Historia de Panamá.

Llegaron Los Cachacos, su nueva obra, recoge un nuevo material sobre el mismo tema, abundando en importantes referencias sobre la guerra en el escenario de Coclé.

J. Conte-Porras
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EL PRIMER GRITO

El primer grito de guerra repercutió en Coclé y, se dio en Penonomé, por varios vecinos.
Conocidos jóvenes, encabezado por Antonio Suárez.
Y, era de noche noche lóbrega sin estrellas, cuando entran al Pueblo en briosos caballos, gritando viva el partido liberal, lanzando petardos (cohetes) precedidos por una corneta que tocaba avance.
Se precipitan al cuartel sin resistencia; huyen los que no hacen causa común.
Don Plácido Suárez, un tabogano residente en Aguadulce estaba en autos; se encontraba en Penonomé, asume la prefectura y nombra Alcalde a don Benigno Andrión.
Los ánimos se aplacan pronto porque don Plácido es conocido como persona pacífica y honorable, que no permitirá vejámenes y atropellos.
El nombramiento de Alcalde en la persona Andrión, justifica el concepto que se tiene de don Plácido.
A pesar de los esfuerzos del Prefecto para evitar toda persecución, algunos de los jóvenes asaltantes, molestan y persiguen a los conservadores, sea cual sea su condición social y su actitud pacífica frente a los hechos.
Poco duró este Gobierno de facto por la presencia de las tropas conservadoras.
A su entrada solo hubo un caso lamentable; la muerte de corneta VITALIO; el mismo que días antes, a la cabeza de los asaltantes, alegre el clarín tocaba avance.
Vitalio, desde un potrero, que demora junta a unas de las casas de la Calle Chiquita, tocaba tropa y un soldado le hace un disparo y lo dobleg6 para siempre.
Los vecinos más cercanos lo tienden en un portal. Yo, que vivía cerca me acerco; veía con terror compasivo al cadáver; tenía los ojos abiertos; sangraba la cabeza; el clarín aún sujeta a la mano, su arma de combate.
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EL ESPALDARAZO

Cuando el grito de guerra…! Guerra…! Repercute en la montaña, Victoriano Lorenzo, hijo de un Gobernador o Cacique ya muerto, se restriega los ojos, abandona su sementera y ya por los caminos entusiasma a la indiada y los reúne, bajo sus toldas ajeno a todo compromiso con los bandos militantes.
Luego se hace reconocer Jefe y, prescindiendo del espaldarazo, se nombra a sí mismo Capitán.
Esta concentración del indio, que siempre se esconde entre recovecos, para no ser atado al carro de Marte, causa alarma general en el Pueblo.
Acuerpado por sus congéneres montañeses, sale de noche, desde su residencia, Churuquita, a los caminos, mata, roba y siembra el espanto.
Liberales y conservadores, cierran filas para detener el bandolerismo, pero poco dura este compromiso tácito, porque algunos liberales prestantes, se aprestan air a la montaña y se entrevistan con el cabecilla hasta ahora ignorado.
Victoriano acuerpa la revolución.
Es el Destino que lo inclina a cerrar filas; reserva para la posteridad la página de la historia, muy agitada y discutida del Capitán Lorenzo.
Para unos, héroe, Para otros, simplemente salteador de caminos.
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CARDOS EN EL CAMINO

En la primera mitad del año de 1900 la revolución continuó extendiéndose por todas partes. Coclé empezó a ser el escenario de las primeras guerrillas. Mi abuelo, Laurencio Jaén Guardia. connotado conservador, se trasladó con los suyos a un lejano campo de la sierra denominado Toabré, en busca de paz.
Pero a los tres meses escasos, él y su familia regresaron al pueblo debido a nuevos acontecimientos. Un cabecilla de la yungla estaba reclutando a la indiada, sin saberse los motivos. Caso insólito que intranquilizaba tanto a los conservadores como a los liberales.
¿Quién era ese cabecilla?
Mi madre resolvió permanecer en Toabré pero algunos días más tarde reconoció su error por sentirse muy sola, casi abandonada, cortada toda comunicación con su familia, dardo bíceps que le lacera que la obliga a ir al encuentro de sus padres.
Ella sabía que la jornada no era nada fácil, que la travesía la haría a pie, y que su trayecto no le era del todo conocido.
Éramos seis: mi madre, sus cuatros hijos, el mayor apenas de 13 años, el que esto escribe de apenas nueve años, uno de siete otro de 3 años. Nos acompaña una señorita de quince años, Genarina, de cutis sonrosado y talle esbelto, hija del conocido comerciante penonomeño Miguel W. Conte.
Mi madre con precaución y en silencio preparo sus cosas y salió de madrugada para evitar que el vecindario se diera cuenta de su salida.
El camino ya poco transitado está cubierto de maleza y hay mucho barro que se adhiere a los pies.
Cuando llegamos a las Cuestas, un otero desnudo de vegetación, ya está claro, aquí nos detenemos, porque mi madre quiere ver por última vez la amada casita donde deja enterradas tantas ilusiones; su casita de techo de pencas y paredes de quincha. Mi madre, el pecho levantado e inmóvil como una estatua, mira la lejanía. Yo la vi enjugarse las lágrimas y los labios trémulos musitar una oración.
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El camino sigue en breve ascenso, siempre estrechado por los árboles, por lo que mi madre mira con recelo las ramas que se mueven, el ave que pasa y también si hay huellas en el camino.
Mi madre descubre una hondonada cuya sima veda los árboles; piensa que quizás sea la guarida de felinos y hogar de los reptiles ponzoñosos; aconseja guardar silencio y apurar el paso.
Mientras el ascenso sigue entre quiebras, nosotros los chicos buscamos las Peregüeta, los madroños y las guayabitas sabaneras, hasta que mi madre nos dice: basta ya; no perdamos el tiempo.
Seguimos a la vanguardia con pie firme; mi madre y Genarina a la retaguardia, todos en fila india.
Pronto encontramos un riachuelo que corre entre lajas de basalto; en la orilla demoran los heliotropos, los helechos y una rastrera de flores blancas, de sabroso olor. Aunque el agua está turbia, la hemos saboreado para aplacar la sed.
Una media hora más tarde ya propiamente comenzamos a subir el cerro por donde se interna nuestro camino.
Subir dando rodeos entre cortantes yerbas y bejucos espinosos, agarrándonos fuertemente en las raíces para no perder el equilibrio.
Al fin llegamos a la cima; sudorosos y cansados nos detenemos a la sombra de un árbol de nance en una pequeña meseta. Mi madre permanece de pie para contemplar el hermoso panorama. Contempla los erectos picos de los cerros que esgrimen su soberanía en una maratón para acercarse al cielo. Augusto templo de la naturaleza, donde el Creador está siempre presente.
De pronto mi madre interrumpe la pausa de nuestra merienda y nos dice: miren allá a lo lejos el humo que se pierde en espirales allí palpita la vida.
Ahora la marcha es cuesta abajo, con los incidentes, dando rodeos entre yerba y espinas y piedras sueltas y peligrosas si nos apoyamos a ellas.
Poco a poco va desapareciendo el descenso, hasta entrar en tierra plana de cambiantes colores; a veces es blanca como la leche; roja como la sangre; como las nubes de invierno, gris; amarilla como la hoja próxima a desprenderse de la rama.
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Nosotros los chicos, pensamos si esta coquetería de la Tierra, cambiando de galas, es una ironía, un derroche de mal gusto, en esta hora turbia de la humanidad de luto y miseria. Mi madre por su parte, piensa que es un lenitivo para descanso mental del caminante.
La distancia se acorta; ya se ve cabe al camino los árboles nacidos de la semilla dejada al paso por el transeúnte y, ahora busca la fresca sombra y el sabroso fruto.
Ya vamos encontrando los bohíos abandonados, cubiertos de plantas trepadoras. Ya asoman las cercas en ruina de las sementeras de donde salían granos y frutos para ser vendidos en el pueblo.
Llegamos a Sardinas un pintoresco campito, que mira hacia un llanito. De aquí salía el carbón y las aves de corral, también para realizarse en el pueblo.
Una señora entrada en años sale a nuestro encuentro, En ella notamos la sorpresa y la alarma y nos ruega pasar a su casita. Abrumaba en preguntas a mi madre y, luego se retira para demorar poco, cuando se presenta con una batea con trocitos de yuca, blanca y suave como el algod6n y un humeante té de hojas de naranjo.
Ella la campesina, nos dice que es peligroso seguir adelante porque a intervalos oye tiros. Mi madre se limita a dar las expresivas gracias, por su gesto cristiano, noble y oportuno, que Dios compensará con creces.
Una hora más tarde llegamos al aledaño Zaratí, nuestro amado Zaratí rico en leyendas.
En el río, alguien, tranquilamente goza del baño. Esa sorpresa nos llena de júbilo.
Alas tiene mi madre, porque ha sacudido la fatiga y e1 cansancio: los chicos nos vemos obligados a correr.
Pronto llega a casa de sus padres. Hay un profundo silencio y la puerta está entornada. Mi madre con violencia la abre y la deja de par en par.
Rompe el silencio abrazándose a sus padres entre sollozos y lágrimas de alegría.
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Ellos sus padres y sus hermanos, están presos e incomunicados en su propio hogar, gracias al señor Alcalde, don Benigno Andrión, hijo político de mis abuelos.
El pueblo está ocupado por liberales revolucionarios pero han tenido acierto al nombrar de Prefecto de la Provincia a don Plácido Suarez, caballero, hijo de Taboga y radicado en Aguadulce; quien impidió hasta donde le fue posible atropellos propios de las circunstancias de la guerra.
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LLEGARON LOS CACHACOS

Los ríos son hilos temblorosos de plata. No hay verdor porque la tierra está sedienta. Tostada por el sol, las hojas seca alfombran los caminos; la brisa las obliga a caminar.
La caballería entra a Penonomé, cubierta de polvo y sudor.
El sol, desde el zenit, mira el tropel que hace gemir las piedras de la calle.
Las gentes en las puertas entornadas o desde la ventana, gritan: llegaron los cachacos…; Llegaron los cachacos…,
¿Pero es verdad que proceden de Bogotá? Yo diría que vienen del Cauca y Antioquia, por el nombre de la tropa.
Pronto desfila la tropa de a pie al toque de los clarines y tambores, Los muchachos movidos por esta novedad, siguen detrás, tratando de marchar al ritmo del tambor.
Es la primera tropa y, quizás la única que se instala en Penonomé y, la misma que pone en fuga a los que días antes asaltaron el cuartel y depusieron a la autoridad legítima.
Los vecinos que simpatizan con la tropa le indican la casa donde pueden instalar los cuarteles,
En los primeros días, las gente se detiene frente a los cuarteles, curioseando; los centinelas recelosos, dan un fuerte culatazo en el suelo; gritan retírese.
Lo primero que hace la tropa de cualquier bando es nombrar la autoridad civil; luego exige fondos a los opuestos a la tropa de ocupación.
Los reacios pueden ser encarcelados y, otros castigados con azotes. Se emplea ramas de calabaza muy flexible y el castigo tiene lugar en la madrugada al toque de diana para apagar los gritos.
Las tropas preparan la defensa, erigiendo trincheras de tierra retenidas por tablones de pino colorado. Madera que se destinaba para la reparación del techo de la iglesia.
Saca de las haciendas cercanas de liberales o conservadores, ganado que acorrala en potreros aledaños.
No faltará la carne y la leche.
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LOS ESPINITOS

Los Espinitos. El primer encuentro.
Entonces al Gago llegaban los veleros como puerto de destino para embarcar o desembarcar la mercancía.
Al servicio del Gobierno, para este menester estaban los veleros Relámpago Y San Francisco.
En uno de estos veleros llegó al Puerto una valiosa carga para la tropa acantonada en Penonomé’
En el camino que lleva al puerto, orillando el cerro De los Pavos y a una legua más o menos de Penonomé, mora un lugar llamado Los Espinitos, por el hecho de crecer allí una vegetación de arbolitos de vástago recto y delgado protegido de largas y resistentes espinas.
Entre estas plantas hay una ligera depresión que el viandante no descubre y, fue el sitio escogido por Victoriano Lorenzo para sorprender y capturar el convoy de cuatro carretas que conducía la valiosa carga.
Se deduce pues que Victoriano tenía espías en el pueblo y que lo ponían al corriente de todo movimiento.
El tiroteo sacudió al pueblo, cuando se informó que era Victoriano Lorenzo el que atacaba, porque el hacía sus correrías de noche sembrando el terror y regresaba pronto a Churuquita.
Nunca antes se había acercado tanto al pueblo.
El General J.M. Núñez Roca salió en persona en socorro de su tropa y llegó a tiempo porque una carreta se ocultaba en poder de los indios.
El tiroteo se recrudeció por breve tiempo porque Victoriano Lorenzo, que tenía por armas viejas escopetas y flechas comprendió que era inútil la resistencia.
El obraba por su propia cuenta desligado aun de la revolución.
El General Núñez Roca regresó con una flecha en la mano como un valioso trofeo.
¿Bajas…? El Capitán J D Guardia fue alcanzado por perdigones, herido levemente. Dos soldados dieron su tributo a la causa que ellos perseguían.
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SAL EN DISPUTA

Sotomayor, ex-Comandante del Cuerpo de policías, oriundo de Chiriquí, de carácter agrio se encontraba en Penonomé, conservando su rango de Comandante en la tropa.
Yo le conocí, unos días antes de su desaparición del mapa.
Lo vi sentado en un taburete en el portal de la casa que queda en el costado izquierdo de la Gobernación, tal como hoy la vemos.
El conversaba con un oficial, mientras desgranaba en una batea, guandú.
Recuerdo que era el atardecer y me dirigía a casa de una tía, hermana de mi madre y, me detuve para recoger unos cuantos granos de cereal esparcidos en el suelo.
Sotomayor me dijo amablemente: ¿buscas la vida muchacho?
Yo le contesté no señor, son suyos-. Gracias chico; eres muy diligente, me repuso él.
Regresaba Sotomayor de Pocrí de Aguadulce con una recua caballar cargando sal.
Penosa la travesía, tanto para la tropa como para las bestias en un largo trayecto de casi setenta kilómetros.
En la quebrada El Barrero, cerca del poblado Río Grande Victoriano esperaba escondido entre pedregones orillando la falda de un otero.
Sorprendido Sotomayor, no se detuvo para hacerle frente a Victoriano, para alcanzar el llano donde podía batirse.
Nuevamente sorprendido, pero con fuerzas regulares que el General Noriega tenía en La Negrita para reforzar las de Victoriano Lorenzo, ya sumado a la revolución.
Sotomayor, cayó herido del caballo, y un sujeto de antecedentes, llamado Murillo, lo ultimó, vengándose según versión recogida por la muerte de su madre.
La sal cambió de dueño, por astucia del indio que supo adelantarse.
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ORDEN DE CAPTURA

Los hechos de sangre endosados a Victoriano Lorenzo o cometidos espontáneamente por sus secuaces habían atemorizado y conmovido a los vecinos de Penonomé, liberales y conservadores.
Los dirigentes se vieron compelidos a tomar una acción rápida para la captura del Cholo.
Victoriano Lorenzo ya se había establecido en La Negrita; lugar más adecuado para sus operaciones.
Lugar estratégico en la cima de un cerro rodeado de vericuetos a orilla del río Zaratí, a sólo siete kilómetros de Penonomé.
Era una jornada nada fácil entre la selva enmarañada y virgen; entre oteros y cerros; simas peligrosas y enormes piedras. La vereda se deslizaba a empujones entre estos accidentes.
Tiene la orden de capturar el Comandante Llorente y Mosquera. El desconoce la distancia y el camino; propiamente ignora que el indio es astuto y desconfiado. Que Victoriano tiene sus vigías en la copa de los árboles y que dan la voz de alerta con un agudo silbido imitando a la de los pájaros.
Pronto llega el mensaje a La Negrita; Victoriano es todo actividad.
El engaño traicionero desvió a Llorente y Mosquera hacia el río Larguillo afluente del Zaratí, encajonado entre cerros empinados nada fácil de escalar y mucho menos a caballo.
Fogoso y valiente el Comandante Llorente y Mosquera se había adelantado a la tropa y pronto comprendió que le habían tendido una emboscada; tarde para volver grupas y fue acribillado a balazos junto con el Corneta.
Los espías de Victoriano Lorenzo fueron los primeros en llevar al pueblo la fatal noticia.
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EL FRACASADO ASALTO

Victoriano Lorenzo, ya con un numeroso contingente, todos montañeses, como el, se prepara para atacar a Penonomé.
Pretende intimidar primero con un ultimátum exigiendo la desocupación de Penonomé, en el término de 24 horas.
Ocupa para esta ingrata misión a un ciudadano Alemán establecido en Oajaca, dedicado a la cría de ganado y a la agricultura, Hugo Enne.
El General en Jefe, J.M. Núñez Roca, ignora esta amenaza de un guerrillero, reo de la justicia.
Núñez Roca se prepara para el asalto; revisa las 17 trincheras, todas de tierra retenida, por tablones rústicos de pino colorado propiedad de la iglesia.
Se cerciora de la moral de la tropa, su disciplina y disposición para luchar.
Esta visita aumenta la confianza en el triunfo. Victoriano, posiblemente llega temprano y se detiene en un huerto cerca a Penonomé amparado por los árboles frutales y cocoteros. Huerto llamado Las Delicias, propiedad de don Benigno Andrión lugar de veraneo de su familia.
La casa es de techo y teja; paredes de quincha, que miran un jardín. La casa quedaba donde vemos el pedestal que sostiene el tanque del acueducto.
Tal vez Victoriano espera el resto de la fuerza que debe atacar en los otros frentes, porque él se ha reservado este, porque piensa entrar a Penonomé por la calle principal, Los Forasteros entre hurras y vítores.
Por este lado, las delicias, hay dos trincheras, separadas por una distancia de 50 metros.
Una de estas trincheras se ubicaba en el corral donde don Benigno Andrión, llevaba las vacas para ordeño y hoy está el Tribunal Superior.
En esta trinchera hay 30 negros caucanos, restos del batallón Pacífico, valientes y veteranos. En la otra, hay también 30 soldados, valientes y veteranos.
Victoriano, tal vez cansado de esperar el resto de la tropa, se decide atacar.
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Abandona el escondite; rompe los fuegos acercándose a la trinchera.
Hubo un momento de incertidumbre e inquietud, pero llega un refuerzo de la reserva y, aunque los revolucionarios eran numerosos, al fin cedieron.
Huye Victoriano perseguido por la lluvia que en ese momento se precipita.
Ratos después, por el frente del barrio San Antonio, se presentan los revolucionarios, pero pronto presienten que algo grave ha ocurrido, pues solo oyen sus propias descargas y, sin esperar más, huyen también.
Quedan otros frentes; el río Zaratí se ha desbordado e impide el vadeo.
Así terminó la lucha y pasajero desengaño de Victoriano.
Hay un largo período de inactividad, que aprovecha el General J.M. Núñez Roca para dirigirse a Aguadulce en busca de refuerzos, porque quiere conservar a Penonomé como un baluarte para atajar al enemigo, camino a Aguadulce y su puerto.
Este refuerzo se detiene en puerto El Gago. Un día después de la ocupación de Penonomé, por las tropas del capitán Lorenzo.
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EL SITIO

Victoriano Lorenzo, se prepara para invadir a Penonomé y, le pone sitio.
Escoge a la oficialidad de más confianza y la distribuye así:
En el cerro El Encanto, a solo dos kilómetros de la población, vigila el Capitán Barraza los caminos hacia Antón y Chigoré.
En el cerro Los Pavos, también como a 2 kilómetros de Penonomé, está el Mayor Escobar, quien captura al General Rincón y otros; los conduce a La Negrita. Al General le encuentran un documento que declara a Victoriano, fuera de la Ley. Sin más dilación son ahorcados.
El Teniente Juan Solano, se encuentra por los lados Alto de la Chola, entre Penonomé y La Pintada.
En Marica, (hoy San José) actúa el Comandante Leandro Morales, de Antón.
No hay vigilancia por los lados donde se va a Natá y Aguadulce, es decir, el que parte por el lado del barrio San Antonio, simplemente porque no hay sitio de abrigo.
Se hace más riguroso el tráfico y toda comunicación.
Sin embargo, Victoriano Lorenzo está al corriente de cualquier novedad que ocurre en \a Plaza sitiada, para eso cuenta con activos espías.
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HACIA SARDINAS

Ya se acerca Victoriano Lorenzo a los campos más cercanos a Penonomé dejando retenes para impedir todo tráfico y, es acaso el preludio del riguroso sitio que sufrió más tarde, la población.
Poco a poco van mermando los artículos de primera necesidad.
El campesino, compelido por las circunstancias va abandonando el solar y se interna en otros lugares o se traslada a Penonomé.
Ellos surtían al pueblo en pequeños pocos; pero estos pequeños pocos eran muchos; no labraba la tierra en gran escala; no lo animaba el lucro.
Sin embargo, nunca faltó en la población los granos, las verduras; las aves de corral, los huevos, la raspadura, la miel, la leña y el carbón.
Ahora, los vecinos del pueblo, miran en sus pequeños huertos antes ociosos lugares para las hortalizas para la cosecha de la uyama, la papaya etc.
¿Por qué van de casa en casa revisando los objetos, como monturas, arneses y se apropian de los caballos?
¿Y la carne? Bueno: durante este lapso de privaciones aunque racionada nunca faltó. Las haciendas de Palo Verde, Coclé y Garicin están al alcance de la tropa acantonada en Penonomé.
El ganado se acorrala luego en los rastrojos adyacentes al pueblo.
La tropa se decide salir en busca de víveres, por los lados de Marica (hoy San José) hasta Sardinas, último campo no habitado por indios.
Sale de madrugada con la esperanza de no ser descubierta por los espías de Victoriano Lorenzo.
A 1o largo del camino se detienen en los predios ya abandonados; rastrean los jorones donde están almacenados los puños de arroz y el maíz en capullo-mientras otros de la tropa abre surcos en la tierra para desenterrar el tubérculo o cosechan racimos de plátano.
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Tarde, los espías, informan la novedad, porque la tropa ha logrado con creces el objetivo.
De regreso la tropa, ya cerca de Penonomé, la alcanza las gentes de Victoriano Lorenzo y, se entabla un nutrido tiroteo.
Tiroteo que se oye en la trinchera del Bajito, cerca del río, donde permanece el batallón cívico, compuesto por unidades, hijos del pueblo.
Este batallón, que tiene por jefe a don Lencho (Laurencio Jaén Guardia) sale a auxiliar a la tropa y logra que los indios se retiren de 1a lucha.
La gente del pueblo, espera a la orilla del río el desenlace; unos están nerviosos y otros impacientes.
De pronto, se ve el batir de las manos dando la bienvenida a la tropa, y los blancos pañuelos dando la bienvenida a la tropa, arriando los caballos agobiados con la pesada carga.
Los chopos terciados.
La única novedad, el lodo que llega hasta las rodillas.
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VICTORIANO LORENZO OCUPA A PENONOME

Las noches de octubre casi siempre son oscuras y las estrellas niegan la luz.
La lluvia mantiene fachinales y lodo en las calles.
Los batracios interrumpen con su croar estos silencios propios de la estación durante la noche.
Sopla entonces el viento frio y húmedo que lacera; que obliga a las gentes permanecer en sus hogares.
Pero, esta noche de diez de octubre de 1901, es singular.
Las gentes se echa a la calle formando grupitos; otras dejan ver su silueta como fantasmas.
Todas denuncian pánico, terror, desconfianza.
Por qué los soldados, llevando linternas se acercan a las gentes y las identifican…?
Victoriano Lorenzo, señala un plazo impostergable de 24 horas para que la tropa desocupe a Penonomé.
La tropa acepta compelida.
Las gentes soportan indiferente el copioso relente y el frío que lacera. Qué más frío que la angustia que los embarga…?
Avanzada la noche, todos se reúnen en la plaza.
Se les notifica la organización de la marcha, a fin de evitar toda confusión.
Cincuenta soldados y cornetas en la vanguardia cincuenta soldados en la retaguardia. El resto intercalados entre las familias; unos vigilantes y otros cuidando de la carga.
A las cinco de la mañana quedaba atrás nuestro amado Penonomé.
El desfile se alarga más de un kilómetro y a veces se prolonga por los accidentes del camino.
La caravana marcha en silencio, seguida de un brillante sol y una brisa agradable. El cielo está despejado.
Como a las diez, la vanguardia sorprende entre unos matorrales a orillas de la quebrada Las Guabas, un grupito de revolucionarios comandado por un oficial nicaragüense de apellido Ayala que dijo que se ocupaba de avisar la ocupación del pueblo por Victoriano Lorenzo. El Coronel Manuel Núñez Roca, le ordena al oficial Payán llevar los detenidos al puerto.
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Payán mantiene una acalorada discusión con el nicaragüense que se obstina en ser amarrado por su condición de oficial. Payán impaciente y colérico ordena al retén ponerse de espaldas y, da la orden de fuego.
Este asesinato, que pronto llega a conocimiento de Victoriano Lorenzo que permanece tranquilo en Penonomé, departiendo con los amigos, en casa de Aquilino Tejeira, conservador, sale, enfurecido, alcanza a la tropa y le da batalla.
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EL COMBATE DE PUERTO EL GAGO

(11 de octubre de 1901)

Antes de hablar sobre este reñido combate, que comenzó como a la una y media de la tarde y terminó como a las siete de la noche, me detengo para describir el lugar de los hechos.
Es un recodo del llano que va saltando hasta las Provincias de Herrera y Los Santos.
Este recodo orilla un manglar por tres lados y cierra más o menos seis hectáreas.
Hay aquí un misérrimo poblado de pocos y distantes bohíos, de un patrón semejante. Todas tienen techo de pajas, paredes de madera delgada amarradas con bejuco, separadas como dos centímetros. El vano de la puerta la cubre un cuero de res. Ocupan como veinte metros cuadrados sus dos compartimentos.
En uno de los lados del manglar, cerca de un bohío, llegan las aguas desbordadas del Río Grande, donde crecen muy tupidas una yerba alta, de tallo redondo, resistente que los moradores llevan al Pueblo para la fabricación de los afamados sombreros penonomeños.
Plano y sin accidentes es el recodo. Aquí tuvo lugar el combate.
Como a tres kilómetros del poblado se levantan dos cerros, un poco separado del camino que del puerto sigue a Penonomé.
Paso a los hechos.
Los primeros en llegar al Puerto es la vanguardia arriando dos reses, capturadas en el camino.
Sin hacer uso de un ligero reposo, se dedican a cavarla tierra; grandes zanjas para trincheras. La tierra, sacada de la zanja la tiran delante; cada trinchera, pueden dar cabida a 20 soldados.
Terminada esta faena se dedican a sacrificar las reses. Mientras tanto, van llegando las familias en grupitos y soldados. Las familias se acercan a los bohíos, dejan sus cosas y salen fuera en busca de la ración de carne. Buscan leña, preparan los fogones; la leña mojada tarda en hacer candela; como el hambre y la fatiga es mucha optan por comerla cruda.
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Ha pasado una hora sin novedad.
Un soldado da vivas al partido conservador y al, Coronel Manuel Núñez Roca, hace un disparo al aire y empina una botella. Yo me acerco al soldado, para saber por qué dispara y descubro a
Los revolucionarios agachapados que bajaban corriendo de los cerros; cerros que le sirvieron de cortina, hasta ya cerca del enemigo.
Doy parte de esta grave novedad a mi tío J.D. Guardia quien se encontraba reunido con el Coronel Manuel Núñez Roca, el Comandante Navia, el Mayor Cirujano Cooper y el Capitán Payán.
Los soldados a culatazos abren las cajas del parque y, esperan al enemigo entre las trincheras.
Minutos más tarde están a la vista los revolucionarios dando gritos y disparos.
El Quinto de Cali sale a recibirlos; el enemigo, por táctica da pasos atrás, para alejar y separar al quinto de Cali del resto de la tropa
No tarda el Quinto de Cali de hacer uso de las bayonetas y en retirada. El Campo-serrano va en su auxilio y evita que sea copado.
Así las cosas, llegan al propio Victoriano Lorenzo, con un numeroso contingente y se precipita hasta las trincheras.
Se entabla una fiera lucha cuerpo a cuerpo, con bayonetas y machetes.
Hay pánico entre las familias que siguen la lucha desde el enrejillado.
Hubo también inquietud entre los defensores; pero se impuso la técnica, porque el coraje, entre los contendores, era igual.
La tropa conservadora, veterana y disciplinaria, conocía la esgrima, conocimiento que ignoraban los atacantes.
El Cirujano Cooper, llevó arrastrando, herido al Comandante Navia, hasta el bohío que ocupaba mi madre, la cuñada de mi madre Josefa Conte de Gomez y su hija Fideligna menor de 15 años y otras personas y , preocupado nos dice: sálvense como puedan porque estamos perdidos. La señora Conte de Gomez y su hija salen fuera horrorizadas y se internan en el yerbatal con el agua arriba de la cintura.
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Momentos después, se presenta mi tío J.D. Guardia y nos ordena no movernos, porque primero pasan sobre cadáveres los mochorocos (revolucionarios).
Entonces mi madre, con esa caridad cristiana que siempre cultivó, levanta con cuidado la cabeza del herido y la acomoda sobre una almohada, mientras eleva una oración.
La lucha sigue su curso; las armas vomitando fuego y segando vidas.
Veo al Sargento Baldomero Gomez Conte que abandona la trinchera para pelear con más libertad; el puesto que desocupa lo ocupa otro y pierde la vida. Mi hermano menor de 14 años recoge el rifle y se une a la tropa. Mientras otros, aptos para la lucha, permanecen cobardes entre los bohíos.
Después de la violenta envestida de los revolucionarios los conservadores abandonan las trincheras y asumen la ofensiva. Los revolucionarios, pronto huyen amparados por las sombras de la noche.
Hay un período de vigilancia.
Tarde la noche, entre el manglar, los revolucionarios buscan los heridos, a la pálida luz de las linternas.
Los conservadores se ocupan de lo mismo, en silencio y vigilantes.
Entre éstos hubo 42 bajas; se supone que las bajas de los atacantes, fue mucho mayor.
El corneta de los revolucionarios, un muchacho muy valiente de Penonomé, de apellido Barreto, perdió la vida tocando retirada.
Una mujer llamada La Negra Liboria (Catalina Sigurbia) oficial de órdenes, en el campo enemigo, se portó con coraje, llamando la atención de todos.
En el fragor de la lucha, persona no combatiente, trató de llevarse la mula al servicio del Coronel Manuel Núñez Roca; un soldado la recuperó dándole culatazos al ladrón.
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Años después, pasada la revolución, comentando los incidentes de este combate con mi tío José Dolores Guardia supe que la tropa conservadora hizo 125,000 disparos y que solo quedaron 7000 cartuchos.
Nota:
Le abonó a Victoriano Lorenzo su sincero propósito de cumplir con el ultimátum enviado a los conservadores, no persiguiéndolos en su huida a puerro El Gago.
El y la tropa, permanecían en Penonomé, inactivos. Pero el asesinato de unos cuantos guerrilleros, sorprendidos en la quebrada Las Guabas, por el Capitan Payan, dio lugar al combate en Puerto El Gago.
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COMO SI FUERA UN EPILOGO

En estas líneas, como si fuera un epílogo, creo haber terminado mi relato acerca de la GUERRA DE Los MIL DIAS, en el Distrito de Penonomé.
Es verdad, que es lejano aquel pretérito, pero como yo los palpé los conserva mi memoria, tal como sucedieron los hechos.
Los episodios fuera del perímetro de Penonomé, pasaron al conocimiento público, casi al instante de haber tenido lugar así llegaron a mi conocimiento.
Pero los hechos más importantes, yo los viví como testigo y, son el sitio de Penonomé; el esfuerzo de Victoriano Lorenzo por ocupar a Penonomé, en fiera lucha. La noche de los preparatorios de la evacuación de Penonomé; noche de angustia y lamentos y miedo entre las sombras tenebrosas de la noche.
El éxodo o, la marcha hacia puerro El Gago y el lamentable asesinato de revolucionarios sorprendidos en el camino. La reñida batalla en Puerro El Gago.
Hay pasajes que se relacionan con mi familia, no carentes de interés.
Algunas de estas narraciones tienen su ribete literario, para presentarlos mejor.
Y, ya está aquí, como si fuera un epílogo, la orden que recibió la familia, en la mañana siguiente del combate en Puerto El Gago (11 de octubre de 1901) de movilizarse al río: al lugar propiamente el puerto.
Presurosa la familia recoge sus pertenencias y ya está en marcha, entre soldados protegernos, por la posibilidad de encontrar apostados enemigos.
Se nos da la orden del más estricto silencio aun frente al peligro.
La travesía es entre el manglar, tupidas ramazones que se empeñan en detener los rayos del sol. Las raíces enmarañadas y a flor de tierra, cubiertas de agua fétida. El tábano, la chitra y el zancudo, van siguiendo nuestros pasos para hacer más penosa y más angustiosa el recorrido.
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Aunque la distancia es corta, se nos hace interminable por los accidentes que impiden avanzar pronto.
Hemos tardado casi una hora para salir en un recorrido más o menos kilómetro y medio.
Y ya vamos orillando el río perseguidos por los endiablados bichos del manglar; y ya podemos hablar y caminar libremente pero teniendo por alfombra el lodo.
Pronto nos enfrentamos a un buque; es el Relámpago, nuestro refugio.
La gente se aglomera a la orilla del río, porque ve salir un chingo que viene a nuestro encuentro; todos a la vez quieren ocuparlo. Mi madre, se detiene a poca distancia de la orilla del rio y observa y observa los ademanes de la gente.
El Capitán, quien ha venido al frente de nuestros custodios abriéndose paso, le dice a mi madre: acérquese señora y entre en el chingo.
Ya todos instalados en el Relámpago y, horas después, entra al puerto el velero San Francisco, la gasolina La Aurora y el vaporcito Ricardo Gaitán o Darién, con tropas y un cañoncito, procedente de Aguadulce, con destino a Penonomé, traída por el General J. M. Núñez Roca.
En la noche, la gasolina La Aurora, lleva hasta el mar al velero Relámpago.
El Relámpago desplega las velas; no hace luz, por precaución, para impedir su presencia. El Almirante Padilla, surca los mares del golfo.
La travesía seguida de la tempestad, truenos y rayos, talvez favorecieron al Relámpago, porque el viento le era favorable y, arribó a la bahía de la Capital, a las 24 horas de haber abandonado la rada del Río Grande.
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DIOS PROVEERA

Pocos meses más tarde de firmada la paz que dio término a la Guerra de los Mil Días, mi madre dispone regresar a su añorado solar, Penonomé.
Embarcamos en una balandra de un mástil, llamado Santa Isabel propiedad de un señor Mora de Taboga y es él, el Capitán.
Son días nebulosos de crudo invierno; es pues un arresto de mi madre no esperar el verano para ir al encuentro de su solar natal.
La fe en la Providencia la alentó.
La mañana está fresca y clara. El sol despeina su blanda cabellera y nos infunde tranquilidad y alegría.
¿Se mantendrá el buen tiempo? Es la pregunta inmente.
Constante la brisa Pronto nos saca de la bahía; mi madre no aparta la vista de la ciudad donde deja a sus padres.
A la altura de Otoque ya se ve a lo lejos el aguacero que se avecina con truenos y rayos. Pronto nos alcanza ya el mar picado.
Las olas pasan sobre la cubierta. El capitán ordena arriar la vela mayor.
El Capitán es un lobo del mar; sabe capear la tempestad. El nos ordena bajar al camarote y Permanecer quietos. Yo no quiero ir al camarote de donde sale una emanación fétida, mientras miro el mástil como tabla de salvación. ¿Acaso el mar es tan hondo?
Pasado el canalón, lugar peligroso según versión del marino, amaina el tiempo y Poco a Poco el mar se tranquiliza.
Luego aparece el sol y sonriendo nos da las buenas tardes.
No hay novedad en el resto del día y durante la noche.
Clareando el día, vemos al Río Grande verter sus aguas turbias en el mar.
La Santa Isabel va surcar las aguas del río auxiliado de palancas.
Del mal oliente manglar, salen nubes de chitras y zancudos y pronto invaden la barca.
Las gaviotas en raudo vuelo huyen de nuestra Presencia; los lagartos silenciosos y soñolientos se dejan llevar por la corriente llevando sobre el dorso helechos que han nacido en la dura coraza.
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A las tres de la tarde acoda la Santa Isabel en un barranco de Puerto El Gago.
Mi madre sabe el camino que lleva al caserío, distante más o menos dos kilómetros.
Durante el trayecto, le asaltan como dardos, los trágicos sucesos que aquí se desarrollaron en aquel 11 de octubre de 1901. Cuando Victoriano Lorenzo dio batalla a las tropas conservadoras comandadas por el Coronel Manuel Nuñez Roca.
Desde un bohío, ella mi madre seguía el curso salvaje y homicida.
Mi madre contrata una carreta, pero por inconvenientes de última hora, es de noche cuando abandonamos el lugar.
La noche no tiene estrellas; el lúgubre silencio deja oír la voz quejumbrosa de los pájaros nocturnos. El auriga sigue el paso de los bueyes y los obliga obedecer con la afilada garrocha.
Mi madre no concilia el sueño; vela por el de sus hijos.
Esta noche sin estrellas mantiene en mi madre los sucesos aquellos que ella presencio en Puerto El Gago.
Ya oye el lamento del herido; ya ve correr la sangre en la tierra mojada; ya oye la metralla que va segando vidas; se estremece cuando ve aquella mujer dando alaridos perseguida por la muerte.
La noche está triste; la noche no tiene estrellas; la noche nos trae el quejido de los pájaros nocturnos.
Mi madre está pendiente de la linterna que pende de la lona que nos cobija del relente, porque puede desprenderse con los tumbos que da la carreta.
Hemos llegado a nuestro amado pueblo a las siete de la mañana, justamente dos días más tarde de cuando salimos de la Capital.
Poco le falta a mi madre para caer de hinojos en la carreta.
Yo veo como de su bello rostro se desprenden las perlas. Lágrimas de alegría que parecen disimular los sollozos por lo que abarca su vista.
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El rostro de mi madre es un espejo donde resaltan sus miríficas virtudes.
Nuestra casa también fue pasto del pillaje; no tiene puertas ni ventanas, nada de lo que había dentro. Los claros del techo, por el hurto de las tejas, permiten el paso de la lluvia y por eso el piso está cubierto de lodo. De las paredes cuelgan las telarañas. Ha desaparecido el blancor que reviste las casas; timbre de orgullo de todos los vecinos desde mucho antes de la guerra.
Mi madre no se detiene para ver lo que hiere la vista, sino que entra al cuarto donde dejó su altar, para dejar el incienso de sus oraciones. Lo encuentra ocupado por pueblos de arriera.
Yo me detengo para observarlas; entran y salen cargando hojitas. Pienso que salen de los cuarteles; en fila llevando terciadas sus mochilas de lona donde están las municiones y que llevan al hombro sus chopos.
¿A dónde van estos diminutos seres? Van a los campos de batalla. Pero esta vez, nadie se queda detrás de las trincheras, para lanzarse como aves de rapiña sobre los despojos.
Mi madre nos reúne y nos dice: hijos míos; no hay que acobardarse; nos toca agachar el hombro para abrir nuevos surcos. Dios proveerá.
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LA MUERTE DEL CAUDILLO

Una mañana, cuya fecha se pierde en el tiempo, la casualidad trajo a mi presencia a un sujeto de aspecto humilde, bajo, tostado por el sol de la montaña, vestido pobremente, un tanto descuidado; pantalones oscuros y camisa blanca sin planchar; sombrero de fieltro maltratado por el uso y zapatos negros no muy limpios, que se detiene frente a la vitrina del taller de los hermanos Endara, en donde se exhibían varias fotografías. Taller este que se ubicaba en la calle Córdoba, hoy Avenida Alfaro, entre las calles Séptima y Octava, en donde nuestro sujeto luego de curiosear brevemente pasa francamente como movido por un resorte.
Algunos días después al detenerme de nuevo frente a la vitrina descubro su fotografía.
En la tarde del 15 de mayo de 1903 la hermana Sor Concepción, maestra del grado superior de la escuela San Felipe, (Congregación de San Vicente) en la hoy calle Cuarta, despide antes de la hora reglamentaria a sus alumnos pero les recomienda que se dirijan a la Plaza Chiriquí (hoy de Francia) para que estén presentes en la hora en que van a ajusticiar a un pobre campesino y rueguen por su alma al Creador.
Yo pertenecía a este grupo formado por los hermanos Brin: Raúl, Ernesto y Carlos y también los hermanos Luis Felipe y Carlos Clement; Gilbert Brid, Augusto Arjona y mi amigo y vecino Enrique Aníbal Rosas.
Al llegar a la Plaza, ya un nutrido cordón humano nos cerraba el paso desde la desembocadura de la calle Segunda y la escalera que otrora quedaba al costado del cuartel del Batallón Colombia, eliminada con la construcción del Palacio de Justicia.
Arriba, en la terraza de Las Bóvedas la gente hormigueaba y, desde la desembocadura de la calle Segunda y orillando el muro de retención cabe al mar le era vedado al público traspasar vigilado por algunos soldados.
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Yo, a empujones, logré romper el cerco para situarme en primera línea y dominar el escenario.
Estaba el batallón Colombia vestido de gala, en fila pero dejando un pequeño espacio por donde debía salir el ajusticiado. De pronto el Corneta tocó atención y el público vuelve la mirada angustiosa como la hora suprema del martirio por donde en Paso lento aparece el reo acompañado por el Reverendo Padre Bernardino de la Iglesia San José y va a situarse en el centro de la Plaza, seguido a prudencial distancia por una escolta. Ahora el reo aparece que busca su propio yo y se inclina en un supremo adiós.
Se dirige a la muchedumbre en corto tiempo y termina pidiendo perdón a los que en alguna forma recibieron de él algún agravio. He descubierto en un amargo dolor que el humilde campesino es el mismo de la fotografía, Victoriano Lorenzo!
La muchedumbre en sepulcral silencio lo escucha, mientras algunos lloran.
Luego estoico, con paso menudo y firme fue proyectando por última vez su silueta, para entregar ya su alma al Creador y su légamo a la Madre Tierra para abono de nuevos surcos.
Con frialdad de acero se sentó en la silla-patíbulo; recogió los pies y echó hacia atrás las manos para que le fueran atadas; se le vendó con un pañuelo negro.
El padre Bernardino se le acerca al oído y le dice hasta luego hermano y vaya en paz.
Entonces el oficial se cuadra y grita: A….ten….ción. Fuego….!
Victoriano se inclina hacia el lado izquierdo y se le cae el sombrero y, aunque ya muerto se ordena dos descargas más
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LA MUERTE DEL GENERAL ALBAN

Preparaba el sol la ofensiva por los caminos de la tierra cuando un murmullo de voces y pisadas quebraban el silencio.
Preocupado abrí la puerta del balcón y vi a las gentes que se empujaban unas a las otras subiendo la escalinata que conduce a Las Bóvedas. Yo también quise enterarme de la causa de tan insólito despertar y pronto le pisaba los talones a los que me precedían a lo largo del viejo muro que atalaya la Ciudad.
Al final del recorrido y junto a la cureña de un cañón me detuve para observar una inmensa hoguera que no respetaba al mar.
¿Qué había sucedido..?
Es preciso, pues, regresar a los acontecimientos traídos por la guerra civil provocados por los viejos e históricos partidos Liberal y Conservador en frecuentes luchas por llegar a al poder.
Preocupado el General Albán, Jefe Civil y Militar del Departamento del Istmo de Panamá, por la pérdida de la cañonera La Boyacá, abordada y hecha presa por el vapor Almirante Padilla, armado en guerra por los revolucionarios, vapor cuya tarea era husmear y vigilar cuanto barco navegara a lo largo del litoral del Gran Golfo, a fin de incautarse toda correspondencia, tropas, víveres o abastos del enemigo.
Con la sensible pérdida de la Boyacá, se hacía difícil mantener contacto con las numerosas tropas que los conservadores mantienen en Aguadulce; único lugar que seguía resistiendo al paso victorioso de los revolucionarios a través del vasto territorio del Departamento.
El General Albán pretendía a toda costa conservar esta población, importante por su situación geográfica y por contar con un cómodo puerto en la ría.
Tenía fe que en un futuro no lejano pasaría a la ofensiva para reconquistar el terreno perdido.
En silencio maduraba el General Albán un plan acosado por la delicada situación en que se encontraba las tropas acantonadas en Aguadulce; no podía servirse del pequeño Chucuito (era un remolcador) ahora armado en guerra al mando del entonces Coronel Huertas y menos del lento Clapet, antigua draga del tiempo del Canal Francés, fácil presa que sólo salía cuando iba al lado de la cañonera La Boyacá y del Chucuito, que tenía la cómoda particularidad de ser muy veloz.
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Un día inesperado se le presentó al General Albán, la oportunidad de llevar a efecto lo que ya había madurado y al declinar el sol ocupó al vapor Lautaro de nacionalidad chilena, en nombre de la República de Colombia y sin importarle de las protestas del Capitán dio la orden de artillarlo.
La ocupación la hizo al anochecer para evitar que los revolucionarios se dieran cuenta de este paso y sorprender al Almirante Padilla atacándolo.
Pero los revolucionarios tenían un buen servicio de espionaje con las numerosas barcas pescadoras que entraban y salían libremente de la Ciudad.
La aurora del 20 de enero de 1902, sorprendió al General Albán sobre la cubierta del vapor Lautaro observando los preparativos, cuando un soldado le llamó la atención de una columna de humo que en lontananza se disolvía en espirales; el General observó con los catalejos y descartó toda posibilidad de que fuera el Almirante Padilla; debía ser un vapor inglés, por el color negro del casco y porque tenía dos chimeneas.
El vapor le fue dando la vuelta a la isla Flamenco y se situó cerca al costado de un buque de guerra anclado allí para proteger los intereses de Norteamérica. Pronto se oyó un disparo y fue tan certera la puntería que provocó un incendio en la cubierta del vapor Lautaro, matando al General Albán y a otros presentes.
El vaporcito Chucuito salió en persecución del Padilla, pues se rumoraba que pretendía desembarcar tropas para ocupar a la ciudad; se entabló un combate naval a la vista de la atónita mirada de centenares de personas que se habían dado cita en las Bóvedas y en las playas adyacentes.
Era ya el medio día cuando el Almirante Padilla acosado por el Chucuito abandonó la bahía, haciendo aguas pues había sido alcanzado por un proyectil y causándole además severas pérdidas entre muertos y heridos.
El Lento Clapet, la Gasolina Aurora y numerosas pangas se hicieron cargo de los náufragos de aquella luctuosa jornada en que perdió la vida una noble y destacada personalidad colombiana.
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LA NIÑA PANCHITA

Vengo a ti Francisca; vengo a contarte un episodio de mi vida cuando apenas tenía diez años. La neblina pues, no la ha borrado de mi memoria. ¿Acaso nuestras primeras impresiones no se graban como tatuaje corazón adentro?
A ti Francisca; estrella fugaz que pasó por mi camino y dejo el hechizo de su agresivo orgullo.
Me detengo para hacerte un relato corto del panorama. Ya sabes que me remonto a un lejano pretérito.
Me sitúo en Penonomé; mi amado solar, de calles estrechas y retorcidas; silenciosas y desiertas; cuyo mutismo se compara al de las necrópolis.
Dentro de esa calma y de este letargo se siente un dulzor mágico; es el alegre abanicar de las palmas movidas por la brisa constante que baja de la montaña arrastrando gratos aromas.
Como sabes, Francisca, Penonomé está ubicado en las llanuras centrales, separado de las montañas por el rumoroso Zaratí, cuna de interesantes leyendas.
Pueblo arrebatado al indio. Pueblo sin caminos ni industrias. Pueblo que aún añora su lejano pasado, donde la única actividad es el comercio en reducida escala que se reparten unas cuanta y pequeñas tiendas, donde se vende todo, inclusive licor barato.
Una de esas tiendas se llama EL HIJO. GENEROSO, cuyo propietario es conocido por don Pepe, vive orgulloso de su gentilicio. En su tienda no se vende licor porque es parte del hogar; y el don Pepe, no quiere que su hija, una señorita como de 25 años se exponga a las miradas de los marchantes (comprador). Pero don Pepe, fabrica jabón de buena calidad, que compite con el amarillo importado de la capital.
Don Pepe es viudo; él se encargó de la educación de su única hija conocida como la Niña PANCHITA.
La niña Panchita nunca sale de visitas por carácter o, por no contrariar los tácitos deseos del padre?
De tarde en tarde el indio baja al pueblo con los productos del campo en los días festivos y los realiza por el sistema de trueque.
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El indio quebranta el silencio y la calma del pueblo y el comerciante queda satisfecho de las entradas, que más tarde venderá con mayor beneficio, cuando visite la capital con los productos del campo.
Sólo los viernes santos, tiene libertad la niña Panchita para traspasar los umbrales de su hogar.
Se le ve vestida de blanco de fino hilo holandés. El corpiño enmarca los senos; resalta su sonrosada blancura bajo la sombra de su cabello color de azabache.
Sus manos suaves como la seda; sostienen una sombrilla. El paso menudo y acompasado es el de una reina.
Los vecinos interrumpen su paso para saludarla y, muchos se extrañan verla fuera de su casa, como un acontecimiento.
Yo que la alcanzo a ver, apresuro el paso y ya cerca grito: la monjita se fugó del convento…La monjita se fugó del convento…
La niña Panchita, ya nerviosa y en voz baja me dice: cállese, mentecato.
Desde aquel día me detengo frente a la ventana de la casa donde la Niña Panchita vive para gritar viva mentecato y muera quien le llamó así. Las gentes se asoman para ver quien quiebra el silencio secular y malhumoradas dicen: Es el mismo de siempre, pero a quién se refiere….?
De regreso me pregunto si soy el único chico que trota por las calles.
La niña Panchita al fin se decide terminar con este escándalo y me detiene llamándome amiguito. Entre caballerito. No tema que no lo voy a regañar; sólo quiero darle un consejo. Lo que usted ha venido haciendo no está bien, hijos de padres honorables y porque le debemos respeto a los mayores. Además, le digo, si acaso usted no lo sabe, que soy su tía; pero dejemos esto a un lado. Quiero que seamos amigos. Si acepta; mire ese Crucifijo y estrechemos nuestras manos.
Pasó el tiempo.
Yo camino cuesta arriba tejiendo esperanzas, ella, mi buena amiga, la Niña Panchita, baja los peldaños del tiempo, con la mirada retrospectiva siguiendo mis pasos, ahondando el pretérito aquél que abrió el compás de nuestro cariño.
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GANDULLA : LAMPARERO OFICIAL

En el verano, de una fecha indeterminada; quizá aun en la aurora de 1905, recorre las calles, las calles de mi Pueblo, un extraño sujeto de descomunal altura y yo diría que es una torre inconclusa porque poco le falta para completar los dos metros.
Aumenta el tamaño su cuerpo delgado; sin embargo el andamio flexible cede, porque tiene un poco inclinada la espalda.
Va con paso lento observando de reojo para retener los sitios.
Las gentes que se asoman desde las ventanas o puertas con el pretexto de hacer algo, no tardan en llamarlo grulla y se preguntan si anda extraviado.
Durante varios días se le ve por las calles y, él observa que se le ve con recelo, como un bicho raro, por 1o que decide presentarse a las autoridades para identificarse y probar que no es bólido, ni viene de Marte, sino un honrado hijo de la gleba. Aunque de lejanas playas.
Largo es el interrogatorio, pero sale tranquilo, orando y feliz, con un cargo público, el de lamparero oficial; nombramiento que le otorgan por humanidad.
Este servicio lo han venido atendiendo los presos bajo la vigilancia de la policía, sin embargo es motivo de frecuentes quejas.
Cuarenta son las lámparas y se alimentan de petróleo.
Pronto aparece en el llano un nuevo bohío; no paso a describirlo porque hasta los chicos saben que es un bohío, pero no puedo reprimir mi sensibilidad frente a la puerta, que es de lona blanca y gruesa, donde se ve en grandes caracteres rojos GANDULLA: LAMPARERO OFICIAL.
Atraído por la novedad las gentes se acercan al bohío y regresan criticando at afín de hacerse presente, cuando ya su figura nada común, llena las calles.
Así son ciertas gentes; no se dan cuenta que el tiempo pasa y deja hitos; son como moluscos escondidos en el caracol porque les hiere el brillo de los amaneceres.
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El Lamparero es un sujeto serio y responsable; cumple a satisfacción con su trabajo y, desde entonces calles y callejones nunca más quedan a oscuras.
Las caras hurañas desaparecen.
Ahora el lamparero se siente en tierra firme y comienza embellecer el reducido espacio de su huerto sembrando crótos.
Ya busca amistades y mira de frente la chica que pasó.
Un día, después de la labor diaria, saca fuera un banquillo y lo coloca a un lado de la puerta; se sienta y lee por centésima vez su nombramiento de lamparero; piensa que es un salvo – conducto para él, semilla arrojada por el viento desde otros lares.
Es la hora en que el sol ha sacudido su blanda cabellera y, galvaniza de oro la tierra. El viento, juguetón entra y sale del bohío moviendo las cosas; los ruiseñores buscan entre la paja del bohío los insectos; ve pasar a las chicas con los cántaros rebosantes de agua, o llevando sobre sus cabezas los haces de leña y el que pasa a caballo. Piensa que la vida es movimiento; como un bálsamo para las penas y un incentivo para el que trabaja.
Y, se queda quedo; entorna los párpados y brota una plácida sonrisa, y ahora, sueña que es árbol en buena tierra, que dará frutos, cuyas semillas no moverá el viento.

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EL CARDUI INFALIBLE

Viene a mi memoria algunas costumbres del Penonomé de ayer y, un jocoso episodio.
Seré pronto y ya estoy en la tienda de mi inolvidable personaje, don José E. Figueroa, conocido por Chong; pariente mío por afinidad.
Activo y celoso comerciante.
La tienda (entonces) se ubica entre la calle Los Forasteros, donde da el frente y, la De Bolívar. De este lado hay una puerta exclusiva. A pocos pasos de esta puerta desemboca un angosto callejón que da salida a los vecinos que por allí tienen sus viviendas. Humildes casas entre patios alambrados. El callejón termina en el sitio llamado Andorra, donde convergen dos caminos, transitados por los montañeses.
En este callejón, para fila india se interponen unas salientes piedras, que la apatía conserva a pesar de que molestan.
En los días de fiesta, este callejón es muy transitado por la indiada y casi todos se detienen en la tienda de Chong
El indio llega a la tienda en la confianza de que sus artículos son legalmente pesados.
Chong sabe que soy un chico nada lerdo y honrado; por eso ve con interés mi presencia en la tienda, llamado por El para que le ayude en la venta y vigilancia en los días de mucha actividad.
La tienda es para mí una escuela; he aprendido a tratar al indio; a abultar la calidad de la mercancía; se como del seco de preparan varios licores; el naranjito, que se hace dejando en maceración cáscaras de naranja; el de la yerba buena; estomacal y muy solicitado; el anisado, que se hace dejando en maceración el grano de anís ligeramente endulzado; el de pasas y ciruela pasas. Del seco, pues, en la cantina hay una galería de botellas de variados licores, y de variados precios.
Diariamente madruga un vecino a la tienda de Chong, para hacer la mañana. Muchas veces encuentra a Chong regando agua saturada de cangarú en el piso, para luego barrerlo. Es una acertada medida sanitaria, pues los clientes suelen escupir en el piso.
El vecino está cabe al mostrador donde está la “cantina” impaciente porque Chong se hace de la vista gorda.
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Ocupado ahora en otros menesteres. El vecino carraspea, escupe, se limpia la boca con el puño de la camisa porque algo queda en el espeso bigote. Además deja al pasar un olor nada grato pues en una de las piernas tiene un tumor maligno.
Chong no sabe cómo deshacerse este cliente, que le aleja a veces a otros.
Yo le ofrezco a Chong atender este delicado asunto.
Una mañana le gané la delantera al cliente vecino y me€ detengo en el lugar donde se expende el licor. En un vasito echo un poquito de vigorizador del hígado, un brebaje patentado. Pronto llega nuestro sujeto y solicita naranjito. El no miró el vasito y se empinó de un solo sorbo el contenido…Gritó que lo habían envenenado. Chong preocupado se acerca y me dice: que ha hecho..? Yo le dije mire la botella extraña en la galeria de las botellas que contienen licor.
Ya tranquilo Chong, reprimiendo la risa, le dice al Vecino: nadie lo ha querido envenenar. Esté tranquilo: por equivocación le han dado a usted la medicina que le alivia la dolencia.
Como no siente nada particular, pronto se tranquiliza y, abandona la tienda.
Yo le detengo para ofrecerle un frasco de cardui; un medicamento infalible para curar su dolencia. Debe tomar varias cucharaditas por día. El empuñó la botella y le sonreían los ojos.
Mientras se alejaba yo también reía pero en silencio.
El cardui es un medicamento que regulariza ciertas intimas de la mujer.

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TEMPESTAD
(A la novia mística)

La barca se apresta abandonar el puerto.
La brisa juega con el mar y lo encrespa.
EI mar se viste de gris, pero se exorna con blancas espumas.
Pronto bajará el sol del ocaso.
El piloto, lobo del mar, sabe que amenaza la tempestad. Pero El espera capearla como otras veces.
Iza las velas en la tarde brumosa y pronto se hinchan.
La barca vuela como una alada saeta, como si huyera de sí misma y, deja al puerto borrado por el horizonte.
El velo de la noche apaga las luces de las estrellas.
La tempestad se avecina arrastrada por el viento y arrincona a la barca entre peligrosos arrecifes.
El Piloto, lobo de I mar, como la tempestad, ruge de coraje; logra sacar la barca mar afuera pese a los elementos.
La lejana luz, intermitente de un faro, le indica la ruta.
Puerto de destino, donde lo espera la amada.
Ya cerca de la costa, la tempestad cobra mayor impulso y, desploma al faro.
La barca pierde el timón; el mástil, hecho pedazos, yace sobre cubierta.
La noche está celosa! se abraza al piloto para no soltarlo jamás.
Cabe al mar, la Amada, inmóvil como una estatua, con los brazos
Abiertos, diluye la vista aterrada en las tinieblas, insensible de que el mar le lame los pies para alejarla del escenario…..

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EL CARACOL

Un diminuto caracol se lanza a la aventura, en busca de un ignoto oasis.
Sus patitas flexibles no las tuerce la calcinante arena, sus ojos, desafían los rayos del sol.
El mar, sigue sus pasos y, logra atraparlo, para sepultarlo en una pesada capa de arena y lodo.
El caracol es terco y, pacientemente espera que el mar se retire, para regresar a la superficie.
La noche no lo detiene porque su sino es caminar.
Y van pasando los días y van pasando las noches, sucediéndose el mismo incidente-
Una ola turbulenta, lo arroja contra un árido arrecife y lo deja inerte, fatigado, deshecha la casita: prisionero sin recuerdo

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INDICE

El Primer Grito 5
El Espaldarazo 6
Cardos en el camino 7
Llegaron Los Cachacos 11
Los Espinitos 12
Sal en disputa 13
Orden de captura 14
El fracasado Asalto 15
El Sitio 17
Hacia Sardinas 18
Victoriano Lorenzo ocupa a Penonomé 20
El Combate de puerto El Gago 22
Como si fuera Epílogo 26
Dios Proveerá 28
La Muerte del Caudillo 31
La Muerte del General Albán 33
La Niña Panchita 35
Gandulla Lamparero Oficial 37
El Cardui infalible 39
Tempestad 41
El Caracol 42

P43

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