CUENTOS: YSIDRA y EVARISTO

Para trabajar en la ciudad, un buen amigo nos recomendó a esta sencilla mujer, vecina de su comunidad, que poseía  características de seriedad, honradez, y estabilidad familiar, casada por 23 años con Evaristo y dispuesta a alejarse de su campo rural, donde no tenía ningún ingreso fijo.

Fuimos a conocerla el día escogido.  La comunidad de Guarumal no estaba lejos de Penonomé; cerca del camino de circunvalación que salía desde Penonomé hacia Tambo – Toabré, y que luego bajaba hacia La Pintada y de allí regresaba a Penonomé.     Cuando los 20 kms. entre Guarumal y La Pintada estaban bien asfaltados el recorrido se hacia en 20 minutos, pero cada cinco años, cuando los huecos del camino eran del tamaño de un cráter, eran más de 40 minutos de tortura.

En los tiempos en que yo trabajaba a tiempo completo en el Canal el tiempo me alcanzaba para todo.  Visitaba comunidades alejadas donde tomaba fotografías de la gente y su entorno, tuve varias exposiciones, fui actriz en varias obras, pertenecía a varias organizaciones. ¿Como lo hice?  No lo entiendo, porque aquel puesto importante en el Canal demandaba mucho de mis días y noches.    ¿Entonces como me alcanzaba el tiempo para tantas cosas?   De alguna manera estaba muy bien organizada y era más joven,  aquella juventud ayudaba mucho a tener una mentalidad mas clara, más desprendida y menos confusa.

Desde hacía meses buscábamos una señora que nos ayudara a administrar los quehaceres del hogar, algo muy importante para mi libertad, ya que yo era totalmente responsable de una madre anciana de casi 95 años y un hermano con síndrome down que ya rebasaba los sesenta.   Solamente con una ayuda eficiente y dependiente yo podría seguir activa en varias directivas y administrar eficientemente el proyecto de la finca.

El entorno natural del área de Guarumal era de cerros de poca altura, bastante verde todo el año, con bosque secundario por doquier, ya que no se observaban grandes árboles.    Las aguas de los ríos eran cristalinas.    Cuna de culturas indígenas que huyeron de los españoles, en el área había muchos sitios de petroglifos que aun representaban misterios sobre su cuándo y por qué.

En esas comunidades típicamente no había empleos fijos, en Guarumal había un solo empleo asalariado y era del aseador de la escuela.   La población activa de hombres y mujeres se dedicaba a la confección de sombreros típicos panameños, faena en la cual
tardaban días y hasta más del mes según las vueltas que habría que hacer con el virulí.   Los ‘pintaos’ como algunos les
llamaban eran confeccionados del cocoyo de la planta de bellota, también conocida como ‘petaquera’.   La bellota crecía por ahí en lugares frescos, muy pocos productores sembraban grandes cantidades.  Eran sombreros finos, portados por personas desde los pueblerinos hasta los políticos.    Los extranjeros aun no apreciaban este delicado trabajo ni veían la diferencia entre un sombrero de 10 vueltas y uno de 18.   El ‘marketing’ no había despegado en Guarumal.  Un sombrero de 18 vueltas, ideal para un candidato a presidente del país, podía venderse en doscientos cincuenta dólares o más, el encargo y la venta se hacia directamente con el futuro dueño.  Los de 15 vueltas podían costar más de sesenta dólares.   Los de menos vueltas no costaban menos de treinta.     En caso de ser revendidos, el comerciante podía doblar los precios y ganar mucho más que el artesano.

La gente comía lo que sembraban y cosechaban, la carne brillaba por su ausencia, al igual que el pescado; la mayoría comían pollo, si había, y me contaban que a veces solo había huevos, entonces hasta 6 huevos se comían de un solo golpe.    Sembraban yuca, ñame, arroz, caña de azúcar.   Tenían crías de pollos para el consumo de la casa.     El menú no incluía leche, ni espagueti,
ni salsas.    El colorante rojizo que daba vida a las comidas era achiote.   De postre nada, a menos que fuera un pedacito de raspadura o cabanga.    Era de esperarse que no se viera gente gorda, eran más bien delgados y bastante sanos.

Parecía una comunidad unida, aunque de seguro tenían su calle arriba y su calle abajo – recién habían construido unos 2.5 kilómetros de camino de piedra con fondos levantados a través de rifas, bailes y bingos.   Ahora tenían un camino decente y pasable que los unía a la carretera de circunvalación en todas las épocas del año.   Les faltaba reemplazar el vado por un puente, pero ya eso lo tendría que hacer el gobierno.   Yo había comprado tantos boletos de rifas, donde podía ganarme una vaca o un cerdo, y siempre rogaba para que se la ganara otro.    No era el caso de esas conocidas mías que cuando hacían rifas decían – el que se lo gane, que no lo reclame – yo simplemente no quería ganarme el premio y nadie tenía que rezar con este fin.   El éxito de las ventas lo realizaban mas en la ciudad, donde un nutrido grupo de ellos trabajaba, y como muchos campesinos que emigraban a la ciudad en busca de sustento, muchos regresaban a sus casas y a sus familias en todas las fiestas importantes, que si para el Día de la Madre, las Navidades, el Año Nuevo, los carnavales, las fiestas patrióticas de noviembre y no fallaban para celebrar las patronales.

Algo curioso, representativo de esta comunidad había sido la siembra de árboles de mango que uno de los vecinos había llevado a varios de los patios.      Estos mangos, de nomenclatura desconocida, eran del tamaño de una mano, sin fibra, dulces, casi perfectos.   Cuando comenzaron a producir, toda la comunidad tenía mangos para la venta.   Los primeros camiones que llegaron les ofrecían la compra a un centavo por mango; supe de buena fuente que los lugareños estaban tan ofendidos, que preferían
regalarlos a los amigos que venderlos por una bicoca.   Bravo por ellos – hasta cuando el abuso.  Con el tiempo los camiones
regresaron y supe que el precio había alcanzado veinte centavos por mango; una buena cosecha para una familia podía fácilmente representar cuarenta dólares por árbol.

La unidad se resquebrajaba cuando se trataba de la venta de los sombreros.   Los revendedores caminaban de casa en casa y
les ofrecían cualquier cosa por ellos, y los lugareños los vendían así, aun sabiendo que ese mismo producto seria revendido por quizá más del doble.   Entre los lugareños no se ponían de acuerdo para poner precios como comunidad, y varios intentos para formar una cooperativa habían terminado en cero, por la incapacidad de ser transparentes y por la desconfianza que existía entre ellos.  Nadie creía en nada ni en nadie – algo bastante común en nuestras áreas rurales.

Nos preguntábamos una y otra vez a que se debía esta desconfianza y dábamos como posible respuesta la cantidad de veces que les habían prometido tal y cual cosa, particularmente pero no exclusivamente en época de política, y luego se esfumaban las promesas y con ellas las esperanzas.   Era un pueblo que se había acostumbrado a depender de la buena voluntad de los políticos; no conocían otra alternativa.   Así vivían esperando que las próximas elecciones trajeran algo bueno, que cambiaran algunas cosas.    Pero no cambiaba nada, todo seguía igual.    Apenas comenzaban a entender que una forma de salir del hueco y de superarse, era a través de la educación.   Este era un proceso tedioso, lento  y prácticamente generacional.

Ysidra había vivido en Guarumal los últimos 23 de sus 43 años.   Antes vivió muy cerca del mar, y confiaba que aunque allá vivía su padre, mas nunca quería regresar, implicando que las cosas acá eran mejores que allá.   Ysidra había conocido a Evaristo a través de una secta religiosa, de esas donde las personas  renunciaban al licor y daban un buen diezmo a la iglesia.

Cuando entrevistamos a Ysidra, también lo entrevistamos a el, porque no se separaba de su lado.   Dijo que el día que ella partía a la ciudad, se iba su posesión más preciosa.   Y que como viajábamos cada dos semanas, le prometiéramos que jamás ella regresaría a Penonomé en transporte público, sino que iría en nuestro automóvil.     Esa amenaza era tan real que en una ocasión bromeando le dije a Ysidra que se iría en transporte y me contesto que el día que eso ocurriera ella no regresaría.

La Ysidra que dejaba Guarumal era una mujer dolida por la reciente muerte de su sobrina de 17 años.  Por su descripción asumimos que la niña había tenido leucemia.    En la familia de Evaristo todos vivían muy cerca, en el mismo terreno aunque en
distintas casas, cerca de sus padres y hermanos.   La casa de Ysidra quedaba cerca de una quebrada, donde se bañaban todos los días, ya que no tenían ni agua potable, ni electricidad.

Llegó a nuestra casa con muy pocas ropas y zapatos, muy común a la usanza campesina, muy diferente a cualquiera revista de modas.  A veces me preguntaba de donde habrían salido esas ropas que parecían de otra época.  Conocía muy poco  las labores domesticas pero aprendía muy rápido.    Siempre pensábamos lo distinto que hubiera sido su futuro si hubiera podido estudiar más allá del sexto grado, y en otro ambiente.

Una de las comidas que mas le gustaba preparar era chowmin, que en casa incluía puerco y pollo.   Tanto le gustaba que lo hacia
por lo menos una vez a la semana, tanto así que me aburrí de comerlo semanalmente y a propósito compraba los ingredientes con menos frecuencia.    Ella le había contado a Evaristo sobre lo rico que era el chowmin así que un viernes le dije que le llevara para que lo probara; decía que le encantó.   No se porque me sorprendía – si ya sabíamos que comían lo que tenían a su alcance, por que nos sorprendía que no comieran chowmin?   Es que el chowmin era tan común en el país, había chinos por doquier y por doquier se vendía como una de las comidas del pueblo.

Evaristo caminaba todos los días al teléfono público ubicado en la orilla de la carretera de circunvalación y la llamaba – por diez centavos podía hablar tres minutos.   Ella siempre le decía  – estoy aliviadita – lo que sin duda alguna era respuesta al – ¿Cómo te sientes, Mami? –  Por el tono de la voz entendíamos que todo estaba bien, que la extrañaba, que quería verla pronto, en fin, todo normal.

Ysidra tenía su cabellera negra y larga y a veces se la subía para aliviar el calor.  Un día le pregunté si no había pensado
cortarla, para estar más fresca.     Me contestó que como Evaristo era el que le cortaba el cabello, dependía de el, pero que como a Evaristo le gustaba el cabello largo, muy difícilmente se lo cortaría.   Esa respuesta me dejó intranquila, por que para mi era difícil entender la dependencia que obviamente existía entre estos dos seres, al punto que él la dominaba hasta en lo del cabello.

Ysidra nunca había ganado dinero trabajando como lo hacia ahora y le sugerí que abriera una cuenta de ahorros, algo que había logrado con todos mis empleados, pero ella decía que por el momento tenían que cubrir unas deudas.      Cada quincena le recordaba lo que había ganado hasta ese momento y ella solo me miraba con aquellos ojos negros que no se comprometían a nada.

Así transcurrieron cuatro meses.   Yo estaba muy contenta con sus servicios, su trato con mi anciana madre y con el adorable hermano especial.   Podría llegar a ser una buena cocinera.   Me enteré que Evaristo no se llevaba con sus padres ni con sus hermanos, que entre ellos había muchas discusiones y que no gustaban de Ysidra.   Decía Ysidra que les querían quitar el terreno que ocupaban, que no gustaban de ella.  Que Evaristo quería vender su parte e irse para otro lado, lejos de ellos.  Así que
no había buenas relaciones con la familia, tanto así que la relación entre la pareja era más importante para ellos.

Para el día de  la madre Evaristo me habló y me dijo que Ysidra era más que una esposa para el:   mas que una hermana, más que una madre, que era todo para el.    Me parecieron un tanto extrañas estas palabras, un poco exageradas, pero ya comenzaba a pensar que así era como pensaba Evaristo.     De regalo me envió una docena de huevos de gallina de patio, algo que mucho lo  agradecí por que yo reconocía que era un real regalo.

Como pensábamos pasar un mes en el interior, le ofrecí que adelantara parte de sus vacaciones, y así pasaría unas dos semanas con Evaristo.    Pero Evaristo se adelantó a este plan, se enfermó, y siguió enfermo, de qué no sabré nunca porque jamás fue a un médico, solo a un curandero.   Parece que el maleficio del mal físico incluía  llevarse de vuelta a Ysidra, porque eso fue lo que se propuso con la tal enfermedad.   Como no se llevaba con nadie decía que solo ella lo podía atender.   Solo ella lo podía llevar al médico.  El día que me llamó el suegro de Ysidra y me dijo que el lugar de Ysidra era al lado de su marido, yo si me preocupé.     Evaristo estaba rodeado de familia, donde nadie  trabajaba, que bien lo hubieran podido acompañar a un médico, y sin embargo nadie servía, solo Ysidra.

Me preocupó tanto la situación que le pedí a una vecina del lugar que lo visitara, para ver cual era el mal que tenia.   Ese día en
particular estaba más acongojado por que el día anterior había asistido a la fiesta del lugar y se había tomado varias cervezas.   Me cayó muy mal esta información: el enfermo tomaba licor que supuestamente le caía mal.  Incluso la vecina le dijo que era un ‘ñañeco’ que en buen panameño significa un bobo que se aprovecha y se queja de todo, y le dijo que dejara  a la mujer tranquila que estaba haciendo algo bueno por ellos.   Ysidra se fue unos días a la casa, para ver en que podía ayudar a Evaristo.    Al cuarto día llamó a la ciudad para decir que no regresaba, que debía atenderlo a el.   Conmigo no habló, me dejó el mensaje.

Cómo me desilusionó Ysidra, cayó de bruces en el gran pote de los que no tienen pasado, ni presente ni futuro.   Evaristo, bueno, el si era mas representativo de los lugareños de comunidades rurales, donde viven de la misma manera, con las mismas limitaciones y sin esperanzas.    Evaristo no podía salir de su hueco.    Ysidra si lo hubiera podido hacer.   Pero no lo hizo.

Enero 21, 2008

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