CUENTOS: RICARDO EL TRAVIESO

Ricardo Tomás, El Travieso

A los 12 años Ricardo Tomas Pezet Herrera era un jovencito guapo, rebelde, travieso, mal portado y no se cuantas otras cosas dirían en 1933 de un niño con aquel comportamiento, lo cierto es que su madre, la distinguida dama penonomeña y Profesora de Historia Doña Magdalena Herrera Pedrol viuda de Pezet ya no sabia que hacer especialmente después que, dicho por el, lo botaron de sexto grado de cuatro colegios en la ciudad capital.

Era el menor de tres hermanas, entre el y la menor de ellas había una diferencia de diez años, y como único nieto de don Ángel Maria Herrera Tuñón era el consentido y el adorado por toda la familia. La viuda Pezet había perdido a su Ricardo Medad cuando este contaba escasamente 33 años y ella talvez no llegaba a los treinta. Cuatro bocas que alimentar la obligaron a seguir trabajando en el entonces Liceo de Señoritas de la capital, aunque siempre recibió ayuda de su padre don Ángel Maria y de su cuñado José Pezet Arosemena.

El tío José a quien mucho quería y en quien veía a la figura del padre fallecido, era un hombre intelectualmente brillante, pero no lo disciplinaba.

Tremendo problema el de la viuda Pezet, tan respetada ella y su familia en el mundo de los educadores al tiempo que el niño tenia graves problemas de disciplina, aunque se destacaba con altas notas escolares.

Entre todos decidieron enviarlo a Penonomé, a terminar el sexto grado bajo la tutela del abuelo Ángel Maria, quien era conocido por su carácter serio y recio, hombre correcto e intachable según los que lo conocieron y han escrito sobre el.

Para el joven Ricardo veranear los tres meses de vacaciones en Penonomé era una aventura que esperaba con sueños y ansias, pero de ahí a pasar el año escolar en Penonomé bajo la tutela del abuelo austero era harina de otro costal. El verano era la estación seca, no llovía, los ríos estaban limpios y los baños en ellos eran diarios, el abuelo tenia ganado y caballos cerca del pueblo, subían a los árboles a coger ciruelas, marañones y mangos, comían bollos y chorizos hechos en casa, estaban bajo la tutela de la abuela y las tías abuelas, quien en compañía de todas las demás tías, primas y parientes políticos del pueblo, solo sabían rendir pleitesía al guapo jovencito. Eran unos veranos espléndidos en todo el sentido de la palabra.

Las reglas de la estadía bajo la tutela constante del abuelo no tardaron en conocerse. Algunas madrugadas el abuelo se acercaba a la cama donde dormía profundamente, lo levantaba y se lo llevaba en caballo a la finca de Buenos Aries, entrando por Las Raíces. El caballo especial de don Ángel Maria se llamaba Cuchuco, era de color castaño, de porte esbelto y muy, pero muy alto a los ojos del nieto travieso. A Ricardo, Don Ángel Maria le tenía dos caballos y el nieto se convirtió en un gran jinete, no les tenía ningún miedo, e iba a la par de los mozos cuando estos trabajaban con el ganado. Aquellas madrugadas el abuelo se le acercaba y le decía ‘levántate Ricardito que tenemos que ir a arreglar unas cercas en la finca’ y el ni corto ni perezoso, porque no le quedaba otra, se vestía rápidamente y se iba con el abuelo, a veces era tan oscuro cuando salían del pueblo, pero en el camino iba despuntando el alba. Aquellos amaneceres eran prístinos, de colores apastelados, con susurro de viento, timbres del canto de los pájaros que amanecían con ellos, en fin, se convirtieron en un recuerdo de tiempos que se fueron para no volver.

Al llegar a Buenos Aires se disponía lo que el abuelo se habría propuesto para ese día, y al terminar regresaban a Penonomé, donde en la casa al lado de la ahora catedral, los esperaba un suculento desayuno. Pero antes Ricardito iba hacia la parte de atrás de la casa, donde se encontraba el pozo y cerca del cual estaban los ataúdes de todos los tamaños que el abuelo guardaba para cualquiera eventualidad. Con agua de pozo y una totuma se daba un baño, luego se vestía para desayunar e irse rápidamente a la escuela.

De sus maestros recuerda a Chu Figueroa como uno de los que más lo ayudó. El maestro Figueroa les hablaba sobre la cuadratura del circulo (no la curvatura del rectángulo), problema aritmético insoluble, que le fascinaba a esa juventud con quienes lo compartía ya que por siglos se había estudiado y aun no se sabia cómo cuadrar un circulo. En cuanto a notas, Ricardo Tomás fue el mejor de todos y en cuanto a comportamiento no le quedó otra, porque en el momento que flaqueaba o incumplía con algún mandamiento impuesto por la disciplina del Señor Herrera, le venían los latigazos, que siempre fueron debajo de la rodilla y nunca arriba de estas. El Señor Herrera no escarmentaba. Con la menor duda de mal comportamiento sacaba el látigo y al varón Pezet no le quedaba más remedio que aguantarse la rejera y tratar de evitar mas castigos.

‘Seguramente yo era lo que dicen ser un niño hiperactivo. No sabían como tratarme. Tanto veces me pegó el abuelo, pero no me rompió ningún hueso ni tengo las piernas marcadas. Lo que si hizo es enseriarme y dejar a un lado la mala conducta, la indisciplina que tanto agobiaba a mi mamá. En esa época esos eran los castigos, el hizo algo que era aceptable entonces y lo entiendo. ¡Yo era terrible! Hoy día seria imperdonable y hasta ilegal que un familiar o que un maestro golpee a un niño, los tiempos han cambiado y lo acepto, son otros estos tiempos y otras maneras hay para corregir los problemas.’

La casona vecina de la iglesia era amplia y hermosa. Los pisos de la sala eran de mármol, ¿de donde? los muebles serian traídos de Europa, había escritorios del estilo que se cerraban como un acordeón. ¿Que se harían todos esos muebles?

Las comidas no eran gourmet como las de ahora, se comía muy bien y muy sano, sopa, arroz, menestras, carne y frutas. El abuelo le decía: ‘Ricardito, si no quieres comer, no tienes que hacerlo. Aunque piensa que tu cuerpo esta creciendo y necesita alimentarse, así que mejor que comas algo. Pero lo que te sirvas, te lo comes, no puedes dejar nada en el plato”. Esas palabras no se decían en vano, porque si se quería levantar de la mesa y aun había algo en el plato, don Ángel Maria lo acompañaba hasta que se hubiera comido hasta el ultimo bocado de lo que fuera. Y si Ricardito no hacia caso, lo mas seguro es que terminaría con unos latigazos en las piernas, debajo de las rodillas. Con esas opciones, era obvia la respuesta aunque la terca personalidad del nieto también era desafiante.

Así pasó el año escolar. Al final de los meses comenzó el verano, desde la capital por barco hasta Puerto Gago, llegaron la mamá con las hermanas. Ricardito era otro en comparación al que había llegado, ahora era todo un caballero, mas serio, disciplinado, un gran jinete, ocupó el primer puesto en el colegio y estuvo al frente de varios comités. Irreconocible en cuanto a conducta, pero mas guapo que nunca.

Guarda para siempre en su memoria aquellos tiempos que recuerda con romanticismo y alegría.

Contado por el tío Ricardo a la sobrina y escritora Norita Scott-Pezet, el 16 de mayo de 2008

One Comment en “CUENTOS: RICARDO EL TRAVIESO”

  1. Pochi Says:

    Tía Norita, gracias por recordarnos los cuentos del abuelo


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