CUENTOS: EL LENTE PERDIDO

La anciana Eleonora, conocida por todos como MAMACO, a sus 97 años llevaba una vida muy sedentaria.   Dependía completamente de la ayuda que le ofrecían, aunque caminaba siempre apoyada en alguien, nunca sola.   Dormía bien.   Despertaba generalmente después de las 8 a.m., iba a darse una ducha y a vestirse para ir al desayuno que consistía  primordialmente en avena, pan con queso amarillo y  te.  Durante el desayuno veía algún programa en televisión, no necesariamente noticias, preferiblemente algo animado, programación de adultos.

Normalmente después del desayuno descansaba en la hamaca en su porch, cerca del área verde del jardín  donde había ardillas  y chorotecas que se comían la comida de Chiqui, nuestra gatita callejera,  y de vez en cuando alguna zorra.    Dormía varias horas profundamente.    Rara vez leía una revista o los periódicos,  y si escuchaba la televisión, no ponía mucha atención.

A l medio día volvía al comedor  informal donde almorzaba la comida casera, sabrosa y sana, que siempre incluía  alguna fruta tropical como papaya o piña.  Comía bien.  Después de almuerzo  dormia profundamente la siesta por varias horas.

En la tardecita, siempre salíamos  a pasear.   Si no llovía, podíamos ir al  Parque Omar, con su hermosa vegetación o al parquecito de Paitilla al lado del  Club  Unión que tenía una vista exquisita  de la bahía de Panamá; y si llovía, podíamos ir a uno de los Malls modernos  donde no corriamos ningún problema con el aguacero.   Después de una hora de caminar y descansar,
regresábamos a la casa para una cena liviana, y algo de televisión.

Esa era la rutina en la ciudad, que  era muy parecida a la del pueblo donde teníamos casa frente al parque, solo que  estábamos fuera de la ciudad y los paseos de la tarde eran en el parque.

A sus 97 años hablaba poco, contestaba  bien si le preguntabas su nombre y como se sentía, cosas asi cortas y  sencillas.   A eso le llamaban los  médicos, Glasgow 15:15.   ¡Haberle  encontrado una palabra exacta para describir la situación de normalidad en una  persona es algo fantástico!   Francamente  no tengo idea si necesitaba los lentes bifocales o no, pero como siempre los
había utilizado, se los poníamos y se los quitábamos porque ella no los pedia.

Esos lentes, que asumimos  necesitaba, tenían un vidrio izquierdo que con cualquier cosa se caía.   Se había caído en infinidad de ocasiones pero  siempre aparecía, y se le volvía a colocar en el aro.    Los  aros eran grandes, aros que habían pasado de  moda hacía rato.

Decidí que lo mejor era hacerle  unos lentes nuevos y la llevamos a la óptica de siempre.   El examen que le hizo la oftalmóloga no
arrojó buenos resultados.   La anciana  con mucha dificultad coloco su mejilla sobre el aparato de medición.   Cuando la doctora trataba de medirla, la  anciana cerraba los ojos.    No hubo  manera de hacerle el examen.   La joven  doctora no sabía qué hacer.   Yo opté por  reírme de la frustración que notaba en la doctora  porque que otra salida había si no era la de  usar los lentes viejos como receta.   Con  eso terminamos la odisea de la medición.  La doctora recomendó que se consiguieran unos aros grandes ya que la  anciana tenía tanto tiempo de usar los grandes y le iba a ser difícil  acostumbrarse a unos más chicos.   Luego nos  fuimos, no sin antes recibir advertencias de que iba a ser muy difícil  conseguir aros grandes.

Viajamos al pueblo un viernes,  nos acompañaba Ana la de Aguas Limpias.    El sábado tempranito llego a reemplazarla la  otra Ana, la comadre.  Ese fin de semana,  se perdió el famoso vidrio.   El sábado  en la tarde ella tomaba su refresco y al acercarme observe que faltaba el  vidrio.   Enseguida alerté a la comadre,  y ella fue a buscarlo a la mesita de noche donde horas antes había colocado los  lentes, dice ella con mucho aplomo,-  con  los dos vidrios – porque yo los toqué – , y me mostró como los había tocado, asi  que allí tenía que estar.   La búsqueda  de ese vidrio fue causa de que se hiciera una limpieza contundente a la
recamara donde dormía la viejita.   No solo barrieron el piso, sino que limpiaron el closet, cajón por cajón,  levantaron el colchón, cambiaron las sábanas, mantas, en fin el cuarto quedó  limpio e inmaculado.  Pero el lente  brillaba por su ausencia.

No contentos con la limpieza de  la recámara, examinaron minuciosamente  todos  los lugares donde  ella había estado ese sábado.   No aparecía el vidrio.

Optaron por revisar los canastos  de basura, por si acaso.   Nada  encontraron.

No se dieron por vencidos.   El domingo siguieron buscando y  buscando.  El lunes también.

El lunes ya regresábamos a la  ciudad.   Yo decidí llamar a la óptica,  que ya se había demorado un mes en encontrar un aro grande, para decirles que esto  se había convertido en una urgencia, que había que hacerle lentes nuevos lo más  pronto posible, porque el vidrio no aparecía.

Cuando los empleados me oyeron  llamando a la óptica me dijeron que el vidrio había aparecido.   ¿Adonde estaba?, pregunté.  Me dijeron que lo habían encontrado en la  mesita de noche de la recámara de la viejita en la ciudad.     O sea que  – el lente estuvo sin vidrio desde el viernes,  antes de partir hacia el pueblo.  Ellos no  me lo querían decir, como siempre que no me quieren decir las cosas en su  totalidad.   No me quedo otra sino  reírme.

La viejita viajo conmigo desde el  viernes en el automóvil, a mi lado, no me di cuenta que le faltaba el  vidrio.   Estuve con ella toda esa  noche.   Al día siguiente desayuné, y  luego almorcé con ella.   Los empleados  también estuvieron allí al mismo tiempo.
No fue hasta el sábado que note la falta del vidrio.   Y la comadre me aseguró que los dos vidrios  estaban porque ella los había tocado!

Increíble.   Ven como no vemos la realidad y como nos  auto sugestionamos para sentirnos cómodos con la realidad que no vemos?

Autora: Norita Scott Pezet. Todos los derechos reservados. Si Ud. desea copiar algo,  comuníquese ANTES con la autora  norita.scott.pezet@gmail.com para su aprobación.  De lo contrario, Ud. esta plagiando mi trabajo. 

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