CUENTOS: DESDE LA PEREGUETA

Las vacas de Candelario Rosas

La familia adquirió la finca para poner en práctica lo que habíamos aprendido sobre la conservación  del ambiente.   Comenzamos por inscribirla como una reserva natural privada.   Había muchas opciones.  Reforestar con especies  nativas, proteger las fuentes de agua, no permitir la cacería, convertir la finca en un santuario para los venados, sembrar plantas y árboles para atraer  las aves, trabajar con la comunidad a través de la escuela, otros.    Nuestro principal recurso era nuestra actitud.   Limitaciones financieras solo nos permitirían concentrarnos en un proyecto por año.   ¿Seria un sueño imposible esperar que la finca fuera sostenible?

El ministerio de agricultura nos asignó una agrónoma experta en frutales.  Comenzamos sembrando una calidad exportable de mango, la variedad  Tomi Atkins.      Lo primero fue preparar la tierra y trazar el sistema de riego.   Amigos científicos vinieron a estudiar la flora y la fauna, y a descubrir nuevas especies que, decían ellos, llevarían nuestro nombre.  Los observadores de aves elaboraron inventarios.      Cuando caminábamos por el área de los mangos, volaron cientos de perdices, adultas y juveniles.   Los pajareros estaban hechizados con aquel espectáculo.     Nos hicieron jurar que reservaríamos una esquina del área de los mangos para el anidamiento de las perdices.   Así lo hicimos pero debemos mencionar que más nunca se ha repetido esa escena.

Los primeros mangos que cosechamos eran espectaculares — grandes, pesaban más de una libra.  Su cáscara era brillante y más roja que la manzana mas roja que hemos visto, ya sea en un árbol, en supermercados o en  bodegones.    Los Tomi eran comida digna de los dioses, ni muy dulce y no amarga, sin fibra, un verdadero manjar.   Pero el segundo año la floración fue tan pobre en esa área rural que la producción fue casi nula.    Podríamos controlar el riego, la poda, la limpieza, el  tipo de abono y
cuando se abonaba.    Pero no podíamos controlar el viento, que ese año hizo de las suyas.   ¿Serian problemas de cambio climático? Sembramos muchas variedades de cítricos – comenzando por el preferido, el limón de castilla, el de verdadero sabor, el mejor para el ron con coca cola, pero también sembramos el persa, por que dizque vendía mejor.    Naranjas, toronjas, guabas, guayabos, papayos, fruta de pan, toreta, peregüeta, guate.      Los regábamos, limpiábamos y fertilizábamos con nuestro propio
bocachi.       Después de  años y muchas batallas campales contra los zagaños que se comían la flor y no permitían que se desarrollara el fruto, comenzamos a refrescarnos frecuentemente con bebidas de limones recién cosechados, sabor a vida.

¡Este es el fruto de mi vientre!   Por supuesto que no del vientre mio, sino del de la tierra que antes que nosotros la cuidáramos fue abusada, ultrajada, violada, quemada, pisoteada, y que cuando dejó de producir fue abandonada hasta que llegamos nosotros los que queríamos devolverle lo que era suyo y verla sana otra vez.

Limpiamos una parcela de rastrojo para sembrar maderables nativos: espavé, coco bolo, cedro espino, caobos, nísperos.    Los contábamos uno por uno, introducíamos la información en la computadora para evaluar su crecimiento, cuantos morían y
cuantos sobrevivían el crudo verano.      Que triste era dedicarle cuido a un árbol para ver que al alcanzar casi  un metro de altura se secaba y moría.   A veces sembrábamos otro árbol en su lugar; dependía del ánimo que nos causaba la  pérdida.   Así iban creciendo y con los  días veíamos el bosque conque soñábamos, que con toda probabilidad seria para que los nietos lo gozaran.

Llegaron dos caballos a la finca.    Palomino, por el pago de la deuda de uno de los viejos más queridos que he conocido y Topi para acompañar al primero.   Eustorgio, mejor conocido  como Toyo, había sido regidor de Guarumal por veinticinco años.  Estaba casi ciego.     Sabía que no podía cuidar a Palomino y nos lo vendió.  Propuso que le pagáramos la deuda en abonos y así siempre tenia algo en los bolsillos.   Los sabios consejos que nos brindó esos primeros años  ayudaron para proceder de la forma correcta dentro de la idiosincrasia del campo.    Para Toyo, lo importante era vivir en armonía y para eso había que conciliar.   Nos mandó  a conversar con cada uno de los colindantes para que arreglaran la parte de las cercas que les correspondía.   Toyo no tenia un real donde caerse muerto, verdaderamente no se de que vivía; con la dignidad que lo caracterizaba jamás nos pidió un centavo de limosna ni préstamos.   Siempre tenía algo que vendernos — guineos, pipas, marañones, tamarindos, aguacates.  Con el dinero de la venta nos pedía que le compráramos un ‘chance’ para la lotería o unas ‘michitas’ de pan.   Por el supimos que en otros tiempos en nuestra finca sembraban de todo, que todo producía, hasta café.   Sabrá Dios cuantas lunas habían pasado, por que esa pobre tierra no daba mas.  Pensamos que Toyo tuvo mucho que ver con que fuéramos tan bien recibidos en la comunidad; seguramente hablaba bien de nosotros.

Topi se veía mas joven que Palomino.    Al principio los dos caballos se detestaban, se mordían, relinchaban cuando se veían, se insultaban en su idioma.   Cuando llegábamos a la finca,  se acercaban al automóvil.  Topi tenía por costumbre verse en el espejo
del automóvil, luego metía su cabeza en el lado del conductor y nos lamía el brazo que estaba expuesto.   Nunca antes había
sentido la lengua grande y áspera de un caballo lamiendo mi piel, daba escalofrió.

Un verano se acabó el pasto natural y aprendimos lo difícil que era conseguir hierba para ellos.  Estaban tan flacos que nos partía el alma.    La veterinaria nos ayudó a conseguir pacas, pero también tuvimos que comprarles alimento preparado.   La doctora hizo una serie de recomendaciones, entre ellas, que debíamos sembrar pasto mejorado para evitar este problema en los meses secos.

El primer año sembramos el pasto en terrenos que habían sido utilizados anteriormente  para otros cultivos; no queríamos limpiar rastrojo que parecía que se estaba convirtiendo en un bosque secundario.   Cultivamos casi dos hectáreas con mucho éxito.   El segundo año quisimos sembrar más, primero limpiando para la siembra tierras con poco rastrojo.   El área disponible no era tan extensa, y nos acercamos peligrosamente al rastrojo que tendría unos tres metros de altura y considerable espesor.
Los peones abrían calles entre el rastrojo y nos invitaban a ver el área que seria desmontada.    No puedo olvidar el día que enfrentamos aquel rastrojo alto y espeso.   ¿Que queremos hacer – pensé –  tumbar este monte que se estaba convirtiendo
en bosque o conservarlo para que el bosque sea una realidad?    La decisión fue sagrada.  No tardamos mucho en decidir puesto que era obvio que los fines que perseguíamos en esta reserva eran la conservación de una flora y fauna rica, propia del área.
Y para eso había que conservar el rastrojo.   Acto seguido los peones fueron instruidos a no desmontar más rastrojo en esta finca.

Las peores experiencias que vivimos en nuestra finca Los Sariles, fueron las  relacionadas con las vacas de Candelario Rosas.

Todos los veranos, apenas el rio Zaratí bajaba su caudal, las vacas de Candelario Rosas cruzaban a Los Sariles, buscando pastos verdes.   Había tanto calor y sol que la hierba se secaba y luego la tierra se cuarteaba, así permanecía espantosamente  seco hasta que cayeran las primeras lluvias.   Rosas, el dueño de las vacas, parecía más que cincuentón; era flaco, enjuto, curtido por el sol, no recuerdo si tenia dientes o no; por cierto daba la impresión de sufrir alguna aflicción del hígado o simplemente se veía mal por que le pegaba duro al alcohol.

Hubo varios incidentes con las vacas de Rosas que quisiera no recordar pero que vienen a mi memoria y forman parte esencial de la experiencia que es tener una finca en un área rural no favorecida por tierras fértiles ni clima agradable, especialmente en los meses mas tardes del verano donde se lucha a conciencia por conservar los animales, las plantas y los árboles que se han sembrado.

El primer incidente fue durante un atardecer.  Mi querida y anciana madre de  90 años, desde su silla mecedora en el rancho
donde esperábamos la cena, preguntó – ¿Cuántas vacas tienen en la finca?   A unos 30 metros de distancia en la dirección  que apuntaba había un montón de vacas.   En  menos de lo que canta un gallo los mozos corretearon esas vacas hacia el rio,  pero que va, de las treinta que contamos, la mitad de las vacas se hospedaron  cómodamente en nuestra propiedad durante casi un mes.    Era difícil verlas: de día se escondían, de  noche salían.   Candelario dizque venia  todos los días a buscarlas por que de noche no veía nada.  .     Proliferaron  nuestras quejas con el regidor, el corregidor, la policía, la autoridad del  ambiente, la comunidad de Guarumal,  y con  nuestras amistades de la ciudad que para nada apreciaban este problema.    No abordamos el problema con el alcalde ni  con el gobernador de la provincia, aunque poco faltaba por que nuestra paciencia  estaba a punto de desaparecer.

Entre las vacas perdidas, había una preñada que estaba  a punto de parir.   Rosas  aseguraba que sus esfuerzos eran serios e
infructuosos y que estaba sumamente frustrado.  Finalmente la encontró y la dejó amarrada a un higo, el único árbol  grande que había en el camino de entrada.  Que tanto tiempo la dejó amarrada, no creo que haya llegado a 24 horas,  pero cuando la fue a buscar, la vaca se había ahorcado con la soga que le habían  puesto al cuello.     También había muerto la cría que llevaba en  el vientre.

Autorizados por Rosas, los vecinos de la comunidad la  descuartizaron y se la comieron, no quedando ningún vestigio de lo
ocurrido,  por que cuando buscamos, no había  rastros de alguna matanza.     No dejaron sobras a los gallinazos, nadie los  vio en el área.  ¿Cuanto perdería Rosas por  este descuido?

Si cada una de las vacas de Rosas valía por lo menos  trescientos dólares, su patrimonio no podría ser menor de nueve mil dólares.   Con esa inversión, debería apartar un  porcentaje decente para mantener los potreros bien cercados, sembrar pasto
mejorado y cuidar las fuentes de agua.  Pero esta lógica parecía brillar por su ausencia ya que el no invertía.    Milagrosamente compraban  medicinas puesto que lo demás debía caer como  maná del cielo.

Una campesina amiga comentaba que los sariles no le habían  producido ese año.    Le pregunté que  cuantos sariles había sembrado, me contestó que “no había que sembrar porque crecían  solos”

Bastaba visitar los potreros para darse cuenta de la condición  paupérrima de los postes, las estacas, las grapas inexistentes y los alambres  oxidados.    Por esta idiosincrasia cultural  y ausencia de conocimientos básicos, aprendimos que no valía argumentar con los  colindantes para que arreglaran la parte de la cerca que les correspondía  mantener, sino que nosotros todos los años, les añadíamos a sus cercas estacas  de balo, más pegaditas, con la idea de que al crecer formarían una barrera  natural.   Después de algún tiempo, se iban logrando los  objetivos.   Para consuelo de Toyo, las  relaciones con los colindantes eran pacificas.

Un día algunos campesinos del área me dijeron que el  balo era veneno para el ganado. — ¿Quien les dijo eso?, pregunté.    — Pues lo oí en un programa de radio en  RPC.   –Y que les parece esta  documentación que publica una escuela de agronomía en Nicaragua donde hablan de  las bondades del balo.  Vean aquí los  libros del INCAE que también dan buena información sobre el balo.   ¿Que me dicen de esto?     — Licenciada, solo le digo lo que yo escuché  en RPC; cuídese Vd. de no tener ganado dentro de su finca, por que lo puede  matar sin que esa sea su  intención.

Así continuamos sembrando balo en todo el perímetro de  la finca, no queriendo tener ni un solo potrero, ni una sola vaquita ni de  adorno.  Seguramente en el entorno, éramos  la única finca que verdaderamente tenía buenas cercas.

Hubo  incidentes  con las vacas de Rosas que no conocí, por que a veces los empleados compartían  la información con  todo el mundo menos con  la dueña.   No sabían trabajar con la  figura de la jefa.  Tal vez en la mente  de ellos, como mujer, no entendería.      Así que de cuando en cuando tenia que  conversarles sobre mi rol en este proyecto y quien era yo con relación a las
cosas que ocurrían en la finca.

Pocos días antes de las fiestas del Dios Momo, recibimos  una llamada de la finca.    El jolgorio  comenzaba con el éxodo desde la capital hacia los pueblos del interior el  viernes al medio día; la fiesta continuaba sábado,  domingo, lunes, martes, hasta el miércoles o jueves cuando la gente regresaba a  la capital.   Durante los carnavales, el país  se paralizaba; solo funcionaban los servicios  de primera necesidad exigidos por la ley.     Prevalecía  el guaro, la locura, el relajo, el sexo, la droga.   Algunos hacían retiros espirituales durante  estos días y rezaban por la salvación de los demás.    De acuerdo con los medios, la venta de  licor en el país durante los cuatro días subía de diez mil dólares mensuales a veinticinco  mil.

Dicen que los trescientos mil dólares que la policía  se gastó en ‘guarómetros’ los recobraron rápidamente a punta de las multas que  cobraron esos cuatro días por conducir en estado de embriaguez.   ¡Viva el guaro!   Los ‘guarómetros’ han desaparecido en los  meses que han pasado desde los carnavales por que no se habla de ellos; seguro  los tienen listos para usarlos en los próximos.

Fuimos informados que una vaca de Rosas había tratado  de saltar la cerca y se lastimó,  talvez se  había quebrado una pata.     Habían visto la vaca en el paso del río donde  los niños iban a bañarse.   Había que actuar, no tenia que cerrar los  ojos para ver el espanto en la cara de la esposa de mi sobrino y de todos los niños  que iban a visitar la finca esos días.  ¡Que asco!   ¡Que atraso!   ¡Que  barbarie!  ¿Precisamente en  carnavales?   ¿Quien diablos iba a  socorrer a la pobre vaca?  Rota, tirada  desde hace casi doce horas.   ¿Cuanto  tiempo podía vivir una vaca con la pata rota, sin agua, sin atención  veterinaria?   Lo último que queríamos  era una vaca muerta a orillas del río y gallinazos haciendo fiesta.

Llamaron a Rosas que por supuesto no estaba.   ¿Con quien hablaron?  ¿Adonde vive Rosas?    ¿Como se llama su esposa?    Dicen que el ganado esta a nombre de  ella.   Que el potrero donde tienen las  vacas es alquilado; en una ocasión el insolente de Rosas me dijo que los  problemas de las vacas eran responsabilidad  del dueño del potrero.    No del dueño de las vacas.

Cuando las treinta vacas estuvieron escondidas un mes,  no se que comían, por que en ese entonces no habíamos sembrado pasto mejorado.    Ahora hay pasto mejorado para los caballos,  y la inversión vale varias vacas de este  señor.

Rosas quiso regalarnos una vaca, mas para callarnos la  boca que para asociarse en  negocios,  pero le dijimos que no nos interesaba la ganadería.    El no tenia idea lo que significaba la  conservación del ambiente, de la tierra, de las aguas, de nada de estas  cosas.     Que le importaba a Rosas si su  estilo de ganadería fomentaba la erosión, y era causa básica de la deforestación
al  convertir el bosque en potrero.  No valía perder pólvora en gallinazos.

En la víspera del viernes de carnaval logramos hablar  con Rosas quien prometió que  iría a  encargarse del problema tempranito al día siguiente.    Los mozos dijeron que la vaca no pudo  saltar la cerca porque estaba preñada.  Otra preñada.  ¿Otro crimen en Los  Sariles?   Con dos muertes había sido  suficiente.     ¡Rosas por favor lárguese con sus vacas lejos  de Guarumal,  o véndaselas al matadero más  cercano!   Para sorpresa de nadie, Rosas  no apareció, cuando fuimos a buscar la vaca lastimada, no la encontramos.   Gracias a Dios.

No había pasado ni un mes cuando nos informaron que  otra vez las vacas de Rosas estaban dentro de la finca.   Siguiendo el procedimiento lo habían llamado  y este les había informado que no podía ir a sacar las vacas, por que su esposa  estaba muy enferma.    Lo llamaron cuatro  días seguidos  –  el último día Rosas les informó que su esposa  había muerto.

Nos preguntábamos por undécima vez como Rosas teniendo  a su favor treinta  vacas no tenia empleados  para que se las atendiera.    Estábamos convencidos  de que si así era  como administraba sus  bienes, no consideraba que esto era un patrimonio.    Prevalecía  la teoría de que el viento tumbaba semillas y las esparcía, que milagrosamente  caían en terreno fértil, que nacían los árboles, al tiempo tenían frutos, la  gente se comía algunos y dejaba otros para semilla, los árboles seguían produciendo,  año tras año.     La comida abundaba.  Sin Adanes ni Evas.   Abundancia de  agua pura, de aire puro.     Amor
y paz.  Vivíamos en el paraíso.   Sin el pecado original.

Los niños llegaban el lunes de carnaval.  Algunas familias dormirían en tiendas de  campaña y traían sus mascotas.  Para
sacar las vacas a la mayor brevedad posible, habíamos recurrido a la ayuda de lugareños,  ya que nuestros  empleados solos no podrían  hacerlo a tiempo.   La noche de domingo  las comenzaron a sacar en plena oscuridad y trabajaron hasta pasadas las ocho hasta  que  todas estaban del otro lado del río.     Al día siguiente, otra vez habían  entrado a la finca.      Y otra vez las sacaron, pero lo hacían con  mucho cuidado para que las visitas y los niños no se dieran cuenta.    Que angustia; si le decíamos a las visitas
de la capital lo que ocurría hubieran huido.  Además de tenerles pavor a las culebras, los sapos, los ratoncitos de  campo, y los alacranes entre otros habitantes de la finca, los capitalinos les tenían  miedo a vacas sueltas.

Aunque lo denunciamos a las autoridades y le pusieron  multas, Rosas jamás pagó un centavo por daños y perjuicios.    Cada
invasión de sus vacas significaba cercas rotas que había que reparar, tiempo  que teníamos que dedicar a estos arreglos, en fin para que seguirlos aburriendo  con nuestras lamentaciones.

Nuestra vivencia con Rosas, nos motivaba a dudar sobre  la muerte de su esposa – pero  logramos confirmar  que la noticia era verdadera.   Nos colmó  saber que las vacas de Rosas habían caminado por el pasto mejorado, sembrado  del año anterior y en plena protección por todo un año.    Allí había una buena inversión en recursos  naturales, humanos y económicos.   Si habían
dañado el pasto mejorado los gastos podían llegar y sobrepasar los mil dólares y  esto seria asunto de mayor envergadura.
Dejaba  de ser competencia del corregidor  y pasaba a ser asunto de alcaldía.  Más  engorroso y pérdida de tiempo, no queríamos pensar cuales podrían ser los  resultados.

Conversando con  vecinos supimos que las vacas de Rosas se habían  comido una siembra de yucas del otro lado del río, y que el dueño le había  puesto una demanda por quinientos dólares.  No éramos los únicos afectados que denunciábamos a Rosas.

Apenados  por la reciente desaparición de su esposa, pero consciente de los daños que  causaba a la propiedad y su falta de respeto hacia la propiedad ajena, pusimos  la denuncia, que por tratarse de daños menores, solo ascendía a una multa por
cincuenta dólares.    Como era de  esperarse, hasta el sol de hoy jamás hemos recibido alguna retribución.

El próximo verano está a la vuelta de la esquina.  En el invierno no sabemos  nada de Rosas ni de sus vacas.    Tal vez las vendió.    Tal vez el se fue a vivir a otro país.  Ojalá.  Ya nos enteraremos apenas bajen  las aguas del Zaratí.

Con salud y vida, seguiremos cuidando la finca hasta que  Dios nos lo permita.  Nuestra  energía debería durar algo más de un cuarto de  siglo.  El caudal del río seguirá  subiendo y bajando, Rosas no le dará mantenimiento a sus potreros  y sus vacas seguirán haciendo de las suyas.   Aunque desde los altos el viejo Toyo esté en  desacuerdo, seguiremos poniendo denuncias hasta que Rosas venda su ganado y se  lo lleven lejos de esos potreros que no tienen comida ni están bien  cercados.     Nosotros seguiremos respirando aire puro,  escuchando el canto de las aves durante el día y la noche, bebiendo agua de los  manantiales no contaminados, comiendo los frutos orgánicos y observando cómo el  rastrojo se convierte en bosque secundario.

Cerramos los ojos —  los mangos, los cítricos están produciendo — los árboles han crecido.   El área del pasto mejorado es un remanso de  verdor, de esperanza y de paz.  Ya no hay  zagaños.   Ni vacas.

Es un hermoso despertar.

Notas de la autora.   Este cuento fue escrito para participar en un concurso de cuentos ecológicos.    Otras obras son:

Libro “Mami y Yo” 2005

Articulo  “Como atraer aves a tu  entorno” publicado en el libro “¿Qué Vuela Ahí?” co-edición de la Sociedad  Audubon de Panamá y el Instituto Smithsonian de Investigaciones Tropicales,  2004

Autora: Norita Scott Pezet. Todos los derechos reservados. Si Ud. desea copiar algo,  comuníquese ANTES con la autora  norita.scott.pezet@gmail.com para su aprobación.  De lo contrario, Ud. esta plagiando mi trabajo. 

3 comentarios en “CUENTOS: DESDE LA PEREGUETA”

  1. Ichi Says:

    Buenísimo. Más citadinos deberían leerlo.

  2. Patricia Arango R Says:

    Has de amar mucho la tierra. Los capitalinos verdaderamente conectados con la naturaleza son capaces de resistir todos los embates de la campiña y sus habitantes. En tu relato, retratada estás, como amante desafiante por la conservación y por respeto a la vida de nuestras futuras generaciones. Que Dios te de mucha vida. Abrazo de pariente orgullosa.

  3. Yaneth Says:

    Hola, fantástico tu relato, tengo una finca en el interior y tengo por vecino un señor con un potrero y tiene como 30 vacas, espero no tener problemas. Saludos.


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