CUENTOS: DE AVES

Salíamos de la finca en el horrible camino de tierra que espanta a posibles visitantes, especialmente cuando el invierno le añade más huecos y a veces lo cubre de agua y uno ni sabe por dónde anda.   De pronto escuché el canto de alarma que venía desde el potrero a mano izquierda pero solo escuchaba, no veía.    Justo en ese momento vi a la orilla derecha de la carretera al lado del automóvil a dos pichones de no sé qué, pero ellos jugaban y entraban y salian del potrero de la derecha al tiempo que aumentaban los alaridos que se oían desde izquierda.    Decidí esperar a ver que se trababa.   Germán los vio y describió detalladamente a las dos aves adultas, cuando dijo que tenían las patas largas y un penacho sobre la cabeza supe enseguida que se trataba de los teros sureños, y que los gritos eran para llamar a los traviesos pichones que se les habían adelantado.


Conocí a los teros sureños hace mas de 25 años en el campo del Club de Golf de Panamá, cuando comenzaban a acercarse desde el oriente, antes de cruzar el canal para continuar su viaje hacia Norteamérica, donde entiendo ya se encuentran en los estados fronterizos con México.     Poco a poco se les fue viendo en áreas occidentales de Panamá, no en grandes números, pero ya se sabía que estaban residiendo y anidando.    Al gustarles las áreas húmedas, los pastizales, y con la proximidad del Rio Zaratí, no era de extrañarse que anduvieran por ahí.    Los que estaban conmigo sabían que yo disfrutaba enormemente ese avistamiento y podían suponer que ese avistamiento de los teros sureños seria incluido  en la lista de aves que mantenía para la finca La Peregüeta y las inmediaciones de Cerro Gordo.

Unos días después, caminando por la finca examinando las cercas, pudimos observar muy de cerca a un pichón de nictibio común (common pootoo), otra experiencia gratificadora.    Como era de día, dormía en la parte superior de un poste de cerca, muy difícil de ver por qué mimetizaba con el palo y si no fuera por que mi acompañante sabia donde se encontraba, jamás lo
hubiera visto.

La imagen es de un adulto, tomado de noche, y denle el crédito de la foto al internet.  Yo hubiera tomado la foto si mi acompañante me hubiera advertido con anticipación a nuestra caminata por esa área, y además de llevar los binoculares hubiera llevado la cámara de fotografía.   Pero a pesar de múltiples expresiones de mi parte, el personal de la finca aun no entendían lo importante que estos avistamientos eran para mi.

La tercera es la vencida.

Otra vez saliendo de la finca en ese camino horroroso de tierra y huecos, lo cual me inhibe de considerar grandes inversiones en la finca, me cuenta uno de mis colaboradores, así como si no fuera importante, que hacía dos días había visto un nido de esos mismos con el penacho, en el área de pastizales, y con diez y ocho huevos.    Muy emocionada estuve y le pregunte el color de los huevos – su respuesta siendo que eran chocolatosos y con manchitas.     Porque, le pregunte, no me lo había dicho los tres días seguidos que yo había ido a la finca.   La respuesta esperada era primero el silencio y luego algo murmurado como, – no sé, se me pasó.

Al llegar a Penonomé busqué afanosamente en los libros de aves de nuestra biblioteca y lo primero que leí es que los teros sueños ponen al máximo tres huevos.   Así quedaron descartados.   Entonces qué.    Recordé que otros años allí han anidado los wichiches, así que busqué y efectivamente, ellos si tienen nidos hasta de 18 huevos.   Que los adultos ambos calientan los huevos y lo hacen durante 30 días.  Ni en los libros ni en el internet vi ejemplos de nidos.  Que emoción, pensé, voy a tomarles las fotos tempranito en la mañana y quien quita – puedo hacer una contribución a la ciencia.     Muy motivada busqué el cargador de baterías de la cámara para asegurarme que al día siguiente tendría toda la carga del mundo para tomar cuanta foto se me
antojaba.

Dormitando pensaba que haría al día siguiente.   Que pasaba si los adultos estaban cuidando el nido – sencillo – podía esperar que ellos se fueran.   Y si los perros los iban a molestar – ni modo, a los perros tenía que encerrarlos por un tiempo corto.   ¿Que pasaba si retenía unos seis de los 18 huevos y los empollaba una gallina?   Y si llovía – eso no era problema- iba preparada con capote, paraguas y botas altas.    Todo estaba contemplado, y dormí pacíficamente hasta las tempranísimas horas de la mañana.

Hice la caminata usual de todos los días, desayuné, verifiqué que todo quedaba en orden.   Estaba lista para partir cuando  lamaron desde la finca.   ¿Cual era el mensaje?

“licenciada, ni venga porque lo único que quedan son los cascarones blancos de los 18 huevos”.   

¡Hubieran sido diez y ocho igualitos a este!

Black-bellied Whistling-Duck / Pato silbador – ali blanco

 Dendrocygna autumnalis – Orden ANSERIFORNES – FAMILIA ANATIDAE

Autora: Norita Scott Pezet. Todos los derechos reservados. Si Ud. desea copiar algo, comuníquese ANTES con la autora norita.scott.pezet@gmail.com o al celular (507) 6680 5616 para su aprobación. De lo contrario, Ud. esta plagiando mi trabajo.   Acuérdese que este mundo es muy chiquito y el o la que quiera jugar vivo no tiene mucha delantera, y si bastante de que avergonzarse. 

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