CUENTOS: LA COSTUMBRE DE CUMPLIR

Recién llegada de vuelta al terruño, luego de graduarme de la Universidad de Búfalo, mi mamá Eleonora me pidió que la acompañara a un velorio y a una misa de difuntos.     Después de cinco años fuera de Panamá viviendo en los Estados Unidos, había perdido la noción de lo que eran las visitas a enfermos, a cumpleañeros, a velorios, ya que en aquella cultura, nada de eso se hacía como aquí.   Además era muy joven y no le daba gran importancia a esas cosas, especialmente a las tristes.    Aunque apreciaba que los velorios y las misas de difuntos, eran cosas serias y merecían mucho respeto.

Ese día llegamos al salón de velación de la Iglesia de Cristo Rey, que tenía desde la calle, entradas   y salidas separadas.   Entramos al salón donde en el fondo estaba el féretro, a su lado los deudos y hacia ellos, personas sentadas, calladas o rezando.     Mi mama entró y saludando a cada persona les decía – lo siento mucho, comparto su dolor – y así hacia el próximo deudo.   Yo la seguía, imitándola en sus palabras y gestos.

Ya en la mitad del salón pude observar que todos los presentes eran de la etnia china.   No sabiendo a quien le presentábamos nuestros respetos le pregunté a mi mama ¿Cómo se llamaba la difunta? Y ella me respondió, fulana de tal.  La siguiente pregunta fue ¿y la difunta era china?   A lo cual me respondió – no -.     Entonces, le pregunté – ¿que hacemos aquí?  Su respuesta fue, -sigue saludando y ve saliendo -.

De los nervios que tenía solo me podía reír.     Ella muy seria me empujó hacia la calle.    Entonces me dijo, – ahora vamos
a la Iglesia del Santuario porque me equivoqué de muerto -.

No tuve más remedio que seguir sus órdenes.    Nunca supe quien era la difunta de la Iglesia de Cristo Rey, pero nunca me he olvidado de ese momento.

Nos dirigimos hacia el Santuario, que estaba repleto de gente.   Había que abrirse paso para llegar a los deudos y así lo hicimos, si estábamos en la iglesia correcta me dijo ella, luego fuimos a buscar puesto para asistir a la misa.    Como la iglesia estaba tan llena, yo permanecí de pie.  Al rato comenzaron a saludarme – oye, ya regresaste – entonces que vas a hacer – como te fue – que bien te ves –  lista para la lucha – etc.    Aquellas conversaciones eran constantes e interminables.   Mientras tanto, la misa
andando, y la gente como si estuvieran en un coctel.

El comportamiento por la falta de respeto hacia la difunta, me cayó tan mal, que cuando terminamos le dije a mi señora madre, que sería la primera y última vez que iba a una misa de difunto.  Por supuesto que mis palabras cayeron en oídos sordos, porque una vez que me acostumbré a las costumbres del patio, valga la redundancia, había que hacerlo, por cumplir.   A veces cumplía con el difunto, a veces con su familia, pero había que cumplir.

A pesar que han pasado tantos años y se ha vuelto imposible a veces entrar a la iglesia por la cantidad de personas, cuando voy, voy temprano, presento mis saludos, permanezco tranquila y  callada durante la misa.   No creo ser la única que respeta la ocasión, no sé si seremos los menos o los más.  Que importa.   Si lo importante es cumplir.

Autora: Norita Scott Pezet. Todos los derechos reservados. Si Ud. desea copiar algo,  comuníquese ANTES con la autora  norita.scott.pezet@gmail.com para su aprobación.  De lo contrario, Ud. esta plagiando mi trabajo. 

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